Ha pasado un año desde que la Unesco declaró al vallenato Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad y es muy poco lo que se ha hecho para enfrentar la advertencia sobre este folclor en peligro. El título para algunos será lapidario y apocalíptico, pero es la dolorosa realidad. Al vallenato le está pasando lo mismo que a la salsa, el merengue y la ranchera, artistas que marcaron una época no fueron remplazados con talento y los géneros fueron violentados por las fusiones y, hoy, solo queda el recuerdo.
Algunos, para justificar el desastre, dicen que el entorno cambió; pero es indiscutible que cantarle a la naturaleza, a la mujer o recrear una vivencia con versos, nunca cambiará y menos la poesía, tan característica de un folclor que solo alcanzó a sobrepasar 100 años y quedó en manos de una generación que, literalmente, le puso punto final a lo que aquellos juglares instituyeron y, sin pretensiones, engrandecieron a una región.
El vallenato se ha convertido en una música sin ritmo, mezclada con champeta y reguetón, que no respeta los aires tradicionales, disminuida por la escasez de talento de la nueva ola, surgida a comienzos del 2000 y a quienes considero los sepultureros del folclor.





