A veces nuestra identidad se vuelve paisaje. La frase se me ocurrió luego de asistir a un conversatorio con reconocidos diseñadores de moda colombianos que llegaron a Valledupar. No era su primera vez aquí. Habían recorrido la ciudad, observado, preguntado y explorado. Llegaban con la intención de descubrir aquello que hace particular a este territorio. Y mientras los escuchaba hablar de lo que habían encontrado, de aquello que les había llamado la atención y de las posibilidades creativas que veían en nuestra cultura, no podía dejar de pensar en una paradoja: para ver lo evidente necesitamos que alguien lo señale.
Quienes habitamos un territorio durante años terminamos acostumbrándonos a él. El paisaje deja de sorprendernos. El sonido cotidiano deja de escucharse. Los colores que alguna vez nos parecieron extraordinarios se convierten en los de siempre. Incluso nuestro atardecer vallenato, que puede exhibir violetas, naranjas, amarillos y rojos maravillando a alguien que llega por primera vez, para nosotros puede resultar tan habitual que ni siquiera levantamos la mirada.
Quizás eso mismo ocurre con nuestra cultura. Nos acostumbramos a las palabras, los sonidos, las formas de vestir, los sabores, las historias, los objetos, los oficios y los símbolos que nos rodean. Están tan cerca que dejamos de preguntarnos qué significan.





