Con el ventilador encendido y la cuenta de la luz sin pagar, así vive hoy medio millón de familias en el Caribe colombiano. Comer o pagar la energía no es una metáfora en una tierra donde el termómetro roza los 35 grados casi todos los días del año. ¿Quién le dice a una madre en Riohacha o en Montería que apague el aire acondicionado cuando el calor no la deja dormir a ella ni a sus hijos? ¿Cómo ahorra energía quien vive literalmente dentro de un horno?
Lo que encontré investigando esta crisis me dejó indignado y, al mismo tiempo, esperanzado.
Indignado porque las cifras son brutales: Air-e acumula una deuda que los gremios calculan entre 2,5 y 6 billones de pesos, después de que su patrimonio cayó de 2,2 billones a apenas 131.000 millones en un solo año de intervención estatal. Afinia, por su parte, arrastra cerca de 960.000 millones de pesos que la propia Nación le debe por opción tarifaria y 146.000 millones más por subsidios sin girar. Es decir: una parte enorme de esta crisis no la causó el usuario que no pudo pagar, sino que la causó el Estado porque no ha pagado lo que debe.





