EDITORIAL

¿Nos seguimos preguntando si se secará el Guatapurí?

Aterrizando el tema a Valledupar, aunque muchos prefieran no admitirlo, no se puede negar que esta región no es ajena a esa realidad que expone la ONU.

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Distintos medios de comunicación del mundo, entre ellos, El Tiempo, de Colombia, han publicado el reciente informe de la ONU en el que este organismo advierte que “ya el planeta alcanzó la bancarrota hídrica”, información basada en datos contundentes sobre la realidad mundial en cuanto al uso del agua.

El informe pone de presente que hablar hoy de agua ya no es hablar de una crisis pasajera, tras advertir que el planeta ha entrado en una etapa mucho más grave, tal es la de la “bancarrota hídrica global” debido a que hemos gastado el agua que la naturaleza puede reponer cada año y también los “ahorros” acumulados durante siglos en los acuíferos, humedales, ríos y ecosistemas que ya no pueden recuperarse de esos negativos impactos. Incluso las aguas subterráneas se han agotado y contaminado, y por usarlas se están hundiendo ciudades como México DF, Yakarta, Bangkok y Ciudad Ho Chi Minh.

Aterrizando el tema a Valledupar, aunque muchos prefieran no admitirlo, no se puede negar que esta región no es ajena a esa realidad que expone la ONU.

Todo nos lleva a preguntarnos: ¿se secará el río Guatapurí? Creemos que en el informe de la ONU podríamos encontrar parte de la respuesta a esa pregunta, si se tiene en cuenta que nuestro río enfrenta muchas de esas amenazas que allí se exponen. Además de los veranos intensos o temporadas secas prolongadas, el río es víctima del uso inadecuado de sus aguas por parte de distintos sectores de la ciudadanía, entre ellos finqueros, cultivadores de arroz y de todo tipo de actividad vinculada a su zona natural, en especial la turística y el comercio que ella demanda, pero que se da sin ninguna planificación y control.

Esa advertencia global aplica para nuestro caso: cuando un sistema hídrico llega a cierto grado de deterioro ya no habrá manera de recuperarse, eso es lo que a toda costa debemos evitar con nuestro río Guatapurí.

Se sabe que, durante años, el Guatapurí ha sido visto como un recurso inagotable. Su caudal ha sostenido el crecimiento urbano, el turismo, la agricultura, el consumo doméstico y la recreación. Pero, al tenor del informe de la ONU, esa percepción de abundancia es precisamente uno de los factores que conducen a la bancarrota hídrica. La deforestación en la Sierra Nevada, la ocupación de rondas hídricas, la contaminación, las extracciones desordenadas y el impacto del cambio climático están debilitando el equilibrio que mantiene vivo al río.

Interesante lo que se propone en el informe de la ONU, allí se recomienda abandonar expresiones o conceptos como “estrés hídrico” o “crisis del agua”, porque sugieren que eso se podría resolver con medidas temporales, mientras que la denominación de “bancarrota hídrica” implica haber cruzado todos los límites, como los de perder agua, suelos y ecosistemas de forma irreversible. Y aunque no todas las cuencas del mundo están en ese punto, muchas ya lo están. La pregunta es si Valledupar reaccionará antes de que el Guatapurí entre en esa lista de gravedad.

Si nos acogemos a la experiencia global, podemos ver que un río puede parecer vivo en invierno y, aun así, estar condenado a largo plazo si se extrae más agua de la que se repone y si se destruye el capital natural que lo alimenta. El informe explica que “la bancarrota hídrica” no depende de qué tan verde o caudaloso se vea un paisaje, sino de equilibrio, contabilidad y sostenibilidad de su entorno. En otras palabras, de vivir dentro de los límites reales del territorio, respetando su capacidad natural.

Así las cosas, a Valledupar no le queda otra salida que proteger de manera efectiva la Sierra Nevada, frenar la urbanización desordenada, controlar vertimientos, controlar el uso; en la agricultura, hacer más eficiente su utilización, en cultivos de secano o tecnologías adecuadas —riego por goteo o microaspersión en lugar de inundación, por ejemplo—, embalsar agua que es guardar en invierno para aprovechar en verano, y asumir que el crecimiento de la ciudad no puede seguir desligado de la capacidad del río, como ha venido ocurriendo durante toda su historia.

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