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Vida, familia y sueños

Mientras unas personas se sienten únicas por no seguir el mismo patrón, otras sienten frustración por no encajar y darle a todo el mundo la razón.

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Mientras unas personas se sienten únicas por no seguir el mismo patrón, otras sienten frustración por no encajar y darle a todo el mundo la razón. La vida no tiene un camino recto a seguir para educar, ser feliz o alcanzar todos los anhelos; lo importante es reflexionar y no seguir cometiendo los mismos errores por terquedad o por miedo. Amar siempre es la respuesta, aunque suene trillado y algo obsoleto; el inicio de todo está en amarse, porque quien no se ama, ni se cuida, ni sabe cuidar. Entre más amor somos capaces de dar, más desafíos somos capaces de enfrentar.

Si en la infancia te exigieron hasta el cansancio, obligándote a dejar de lado reír, jugar y descansar, haciéndote creer que en lugar de recibir cuidados debías cuidar, hoy día puedes estar sintiendo la necesidad de controlarlo todo y presionar hasta dejar de respirar. El dilema es que sientes que si empiezas a soltar pierdes tu identidad, esa que crearon para ti pero que te hace querer llorar, que aunque la tienes tatuada en las venas, se ha convertido también en tu condena.

Los mismos modelos que existen para resolver un problema (asertivo, pasivo y agresivo) aplican también para conocer el tipo de educación que reciben los hijos: asertiva, pasiva y agresiva. Los niños de padres asertivos fueron escuchados, respetados y orientados. Los niños de padres pasivos vivieron la soledad, las preguntas sin respuesta y poca inteligencia emocional. Los niños de padres agresivos experimentan la ira, las adicciones y los vicios de aquellos que jamás han recibido amor.

Con el transcurrir de los años, los niños asertivos luchan por sus sueños hasta construir un futuro firme y sólido que les permite crear un hogar lleno de amor. En cambio, los niños pasivos viven en una búsqueda constante por encontrar aquello que no conocen, que aunque lo tengan en frente no reconocen, ya que viven buscando hasta una identidad que nunca han tenido, porque sus padres jamás a sus vidas le dieron sentido. Y por último, están los niños criados de forma agresiva, que crecen siendo adultos impulsivos y explosivos, llenos de dolor, con muchos deseos de sanar sus heridas, pero llenos de espinas con las que dañan a todo aquel que está a su alrededor.

Existen padres que combinan modelos de educación, que a ratos escuchan y orientan con paciencia, pero luego gritan y se descontrolan, ya que, aunque son conscientes de sus actos, se dejan llevar por la emoción. Ser padres y madres es un gran reto, ya que no existe un guion a seguir que augure felicidad o, por lo menos, la tranquilidad de haber hecho lo correcto.

Los padres son niños que siguen aprendiendo, que a ratos ocultan sus sueños e intentan mostrar fortaleza cuando, en realidad, están desmoronándose por dentro. Lo peor ocurre cuando los padres luchan por apagarles a sus hijos el fuego que llevan por dentro, olvidando que lo darían todo por volver a intentar aquello que un día dejaron de lado por un adulto que no creyó en ellos.

A veces los padres no desean que sus hijos sufran y desean evitarles un mal momento, pero lo que hacen es distanciarlos, generando a veces conflictos, ya que se pierde el voto de confianza por no motivarlos e impulsar esos deseos. Pero lo peor ocurre cuando, por evitar un fracaso o el peor de los sentimientos, termine un hijo a los 60 años aterrado debajo de la cama, esperando que sus padres le den el impulso que de niño le omitieron.

María Angélica Vega Aroca 

Psicóloga

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