Ni los mismos medios tradicionales de comunicación escapan al fake news (noticia falsa), etiqueta que es viral y distorsiona la información veraz; mucho más que guerra sucia, hay un manejo asqueroso de una prensa que le dispara a la democracia y las libertades, hasta el descaro de convertirse en partidos de oposición, lo que resuena en la tumba de Javier Darío Restrepo, periodista y escritor colombiano, que debe estar retorciéndose en su sepultura por tanta basura informativa.
Nadie es depositario de la verdad ni tiene exclusividad, pero la mayor carga de responsabilidad y culpabilidad frente a la desinformación la asumen los medios tradicionales, y en menor grado las redes sociales, cuando la información no es objeto de revisión asaltando la buena fe del ciudadano.
Bodegueros y empresarios de algunos medios de comunicación parecen reeditar la supremacía del poder, que obviamente se mira a través del prisma político, escenario plagado de memes, charadas, gracejos y sarcasmo, que es la burla más cruel de la ironía.
El manejo asqueroso de la prensa lo subraya el laureado periodista Juan Gossaín como patrón perverso que socava la libre forma de pensar y la ideología multipolar.
Javier Darío Restrepo, en medio de una nube de periodistas en el hotel Sicarare de Valledupar hace alrededor de medio siglo, preguntó: “¿Qué es un periodista?”. Hubo respuestas de todos los matices, pero nadie acertó. “¡Sencillamente un periodista es el profesional de la verdad!”, resonó el letrado, detonando una oleada de reacciones y explicando que en la mentira se acaba el periodista por falta de credibilidad, imparcialidad y objetividad.
En la guerra de la desinformación cobra vigencia una figura literaria que se debe repetir sin cesar: “Tal vez tú tienes la razón, quizás la tenga yo, pero es posible que los dos estemos equivocados”; es decir, surge una tercera opinión, también válida, para pensar que la verdad es relativa, aunque absoluta y sin dobleces en el trono celestial.
El pecado tiene muchas herramientas, pero la mentira es el mango que encaja en todas. Esta premisa de Oliver Wendell Holmes, jurista y exjuez asociado de la Corte Suprema de los Estados Unidos, se intuye que no hay cosa más abominable ante el tribunal supremo que la mentira.
Entonces recapitulemos: ‘Una mentira mil veces dicha, se convierte en una gran verdad’: Joseph Goebbels; aunque prefiero los destellos filosóficos de José Saramago, enfocados en la retórica de persuadir y la dialéctica de aprender unos de otros (diálogos de saberes), tomando las contradicciones no como fracasos, sino como oportunidades de crecimiento y corrección.
Saramago, literato portugués y Premio Nobel 1998, contextualiza: “He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro” y es el apotegma perfecto para llevar la fiesta en paz, máxime cuando el poder ya no se justifica con derecho internacional, sino con fuerza brutal, remarca el expresidente ecuatoriano, Rafael Correa. Se colige en un lenguaje literal que es mejor redargüir y apelar a la retórica para persuadir, y no a la maquinación para convencer.
Los grandes medios no informan, editorializan, disfrazados de objetividad.
El meme reemplazó al pensamiento o a las propuestas. No se argumenta, se reacciona; no proponen, repiten, y en esa repetición mecánica del odio, se ha perdido toda capacidad de análisis en el tablero humanístico, filantrópico, sociocultural, económico y geopolítico global.
Por Miguel Aroca Yepes





