Y así, seguí recordando con cada aroma, hasta que un hilo de luz brillante penetró en la habitación e hirió mis ojos y los cerré, más por instinto que por dolor. Los fui abriendo con cautela porque también quería apreciar cómo se veían los rayos del sol en la habitación; cada hilo, cada haz, cada cálida caricia quería verla, no solamente sentirla.
Y sentí que una gota de sudor bajaba de mi frente deteniéndose en uno de mis ojos, esperando otra gota y con seguridad otras más, pero esta vez sabía que era una lágrima y entonces se hizo más grande y bajó por la mejilla y reposó en la comisura de mis labios, sintiendo, el sabor salado, sabor que me recordó al océano, a la inmensidad azul que también amé. Sentí mi espalda mojada y no pensé en otra cosa sino en que sudaba, pues las gotas bajaban copiosamente de la frente y se detenían en mis ojos uniéndose a las lágrimas fabricadas por una fuente inagotable que tenía por dentro.
El calor ahora me ahogaba, la sofocación empezó a angustiarme y recordé mi ritual de las mañanas tiempo atrás, cuando me salpicaba después del baño con colonia francesa, algunas veces chimba, otras no, antes de salir a desayunar todos los días con mis fantasmas. Me sentí somnoliento de nuevo y empecé a cerrar los ojos, pues mis párpados no aguantaban el peso del sudor que ahora bajaba y bajaba como una cascada desde la frente.
No sabía qué mes era y mucho menos el día; la verdad ya me daba igual desde hace mucho tiempo, el que para mí, tampoco ya existía; no me importaba si era de día o era de noche y, en lo que se refería a las estaciones, solamente en el pueblo se da el invierno y el verano y, de vez en cuando, algunas veces las dos dejaban asomar tímida a la primavera como esta vez, hasta cuando les daba la gana de permitir su presencia, pues las flores, incluso antes de mostrarse muchas veces en todo su esplendor, morían achicharradas por el inclemente sol u otras veces ahogadas o destrozadas por la lluvia. Era efímera su presencia.
Recordé la planta que compré alguna vez y que solo una vez floreció, cuando un rayo de luna en un mes de julio, el día de mi cumpleaños, por casualidad, se posó en ella y abrió el capullo mostrándose como un espejo de seda; la luz fue refractada por todo el patio y me encandiló de tal forma que enceguecí por tres días.
Y ahora, me imaginaba cómo se quemaban afuera las flores, no solo en el patio, sino en todas partes, las mismas que alcanzaron a lanzarme hace pocos minutos sus olores a través de la ventana esa mañana; cerré mis ojos y vi, como si ahí estuviera de pie en el patio, los haces de luz solar atravesando cada pétalo de las flores, parecía que un gigante imaginario desde el cielo se saciara disparando sin clemencia ráfagas de rayos, exterminándolas una a una, era algo antinatural. Me preguntaba por qué el monstruo solar destruía lo que brotaba de la tierra, aunque también la luna había destrozado aquella noche la única flor que había parido la planta. Lo bello se convertía en algo horroroso, ahora eran diminutos puños chamuscados y desagradables al tacto y a la vista, sus negruras olorosas a quemado contrastaban con la tierra árida suplicante de agua, veía sus arrugas, grietas profundas que servían de camino a una gran cantidad y variedad de hormigas, de diferentes colores, grandes y pequeñas, algunas calmadas, otras locas y hasta voladoras, chocando en su afán de avanzar, imaginándome qué se podían decir unas a otras, ¿de qué podían hablar? Intenté escucharlas. Lo hice, pero no logré descifrar su lenguaje.
Ahora, afuera, el calor sofoca a todo el pueblo. En la plaza de mercado se desprende y flota como neblina una especie de capa invisible de agua humeante, casi imperceptible, que quema al caminar. Se siente hervir cada gota de agua que compone aquella cortina de vapor y sé que muchos empiezan a sentir que la piel se les ampolla y optan por no moverse, evitando atravesar los hilos invisibles hirvientes colgados desde el cielo, quién sabe desde dónde.
Ahora parece que ha llegado el verano y todo el pueblo, incluyéndome, está atrapado en una burbuja.
Por Jairo Mejía





