COLUMNA

Cuando la ciudad duele por dentro

Hay días en los que la ciudad se siente pesada, no porque el calor apriete más de lo habitual o porque el ruido no nos deje dormir, sino porque algo se rompe por dentro cuando nos despertamos con una noticia más…

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Hay días en los que la ciudad se siente pesada, no porque el calor apriete más de lo habitual o porque el ruido no nos deje dormir, sino porque algo se rompe por dentro cuando nos despertamos con una noticia más: otro asesinato, otra vida arrebatada, otra familia atravesada por un dolor que no eligió. Y aunque no conozcamos a la víctima, aunque no sepamos su nombre, algo nos pasa; el cuerpo lo siente, la mente se alerta, el corazón se encoge.

Desde la psicología sabemos que la violencia constante no solo deja cifras, también deja huellas invisibles. Vivir en una ciudad donde el miedo se normaliza, donde la muerte aparece en los titulares con una frecuencia inquietante, va erosionando poco a poco nuestra salud mental; nos vuelve hipervigilantes, irritables, ansiosos. Nos roba la sensación básica de seguridad.

Muchas personas llegan a consulta diciendo: “No me pasa nada, pero no estoy bien”. Y es que no siempre el malestar viene de una experiencia directa; a veces viene de habitar un entorno que duele.

Cuando la violencia se repite, el sistema nervioso no descansa. El cuerpo aprende a estar en alerta constante; aparecen el insomnio, la dificultad para concentrarse, la sensación de amenaza permanente, el cansancio emocional. Nos volvemos más desconfiados, más cerrados, más duros para sobrevivir. 

Y entonces pasa algo peligroso: empezamos a acostumbrarnos.  Nos acostumbramos a leer noticias trágicas mientras desayunamos, nos acostumbramos a decir “qué horror” y seguir con el día, nos acostumbramos a pensar que “eso es normal aquí”. Pero no, no lo es y no debería serlo.

Cada hecho violento impacta no solo a quien lo vive directamente, sino a toda la comunidad. A los niños que escuchan conversaciones cargadas de miedo, a los jóvenes que crecen creyendo que la vida vale poco y a los adultos que cargan con una angustia que no saben cómo nombrar.

Como psicóloga, veo a diario cómo estos contextos van quebrando por dentro, personas que sienten rabia constante, tristeza sin causa aparente, desesperanza, una sensación de “ya nada sorprende”. Y cuando la esperanza se debilita, la salud mental se resiente.

Hablar de esto no es exagerar, es responsabilizarnos; porque la violencia no solo mata cuerpos, también enferma mentes, y el silencio, la indiferencia y la normalización la fortalecen.

Hoy más que nunca necesitamos volver a mirarnos como comunidad, preguntarnos cómo estamos, cómo nos sentimos, qué nos está pasando como ciudad; necesitamos espacios para hablar, para llorar, para sentir sin culpa, necesitamos dejar de exigir fortaleza permanente cuando el entorno ya es suficientemente hostil.

Cuidar la salud mental en medio de la violencia también es un acto político y humano, es decir: esto nos duele, esto nos afecta, esto importa. Es buscar ayuda cuando el miedo se vuelve rutina, cuando la tristeza se instala, cuando la rabia se desborda.

No podemos controlar todo lo que ocurre afuera, pero sí podemos empezar a cuidar lo que ocurre adentro, acompañarnos más, escucharnos mejor, ser menos duros con nosotros mismos y con los otros.

Si hoy sientes que algo no está bien, no lo minimices, no te digas que “hay gente peor” o que “toca aguantar”. Tu malestar también es válido, tu cansancio emocional también importa.

Que esta columna no sea solo una reflexión, sino una invitación: a hablar, a pedir ayuda, a no normalizar lo que duele, a recordar que una ciudad sana empieza por personas emocionalmente cuidadas. Porque cuando la ciudad duele por dentro, sanar también es un acto colectivo.

Por Daniela Rivera Orcasita 

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