COLUMNA

Sobre el valor de las palabras

Desde muy temprana edad, he aprendido, desde los albores de la razón, que la palabra ha llevado consigo una carga ontológica sagrada. Cada término posee un fin, una resonancia y un compromiso con la verdad. Por ello, guardo una devoción muy arraigada por la expresión meditada, por la palabra revestida de elegancia y altura dialéctica, […]

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Desde muy temprana edad, he aprendido, desde los albores de la razón, que la palabra ha llevado consigo una carga ontológica sagrada. Cada término posee un fin, una resonancia y un compromiso con la verdad. Por ello, guardo una devoción muy arraigada por la expresión meditada, por la palabra revestida de elegancia y altura dialéctica, pues en el cuidado de la forma reside el respeto hacia la inteligencia del interlocutor. Empero, en la arena pública presenciamos con mucho dolor la degradación del verbo. Las palabras, despojadas de su vocación noble, tienden a una conversión como instrumento de engaño, artilugio conveniente que se moldea según los vientos del interés del momento, o dardo deletéreo que busca la aniquilación y devastación simbólica del semejante.

A propósito de los vertiginosos sucesos de esta semana en nuestro departamento, tan frecuentes como siempre, resulta imperativo detenerse a reflexionar sobre el deleznable ataque dirigido hacia una figura de profunda influencia y poder político en nuestra tierra. Como antesala a lo que debió ser un contraste de ideas, el espacio público se contaminó con una agresión verbal tan zafia que se vuelve menester omitirla en estas líneas, pues no conviene a la pluma ensuciarse ni ser cómplice de la vulgaridad. Expreso mi categórico y absoluto rechazo a semejante proceder. La historia de nuestro territorio ha sido dignificada por mentes lúcidas que han logrado sostener el disentimiento con altura, cimentando sus posturas en la firmeza del argumento y en la valentía del intelecto. Quien apela al agravio vil antes de articular un solo razonamiento, asume de entrada la condición del derrotado y confiesa tácitamente la quiebra de sus ideas al pretender sustituirlas por el estruendo de la ofensa.

No obstante, la honestidad nos obliga a reconocer una amarga desigualdad en nuestro entorno y es que el valor y la resonancia del discurso cambian de tono según el lugar desde donde se pronuncia y el destinatario a quien se dirige. A menudo, ante agravios de idéntica o mayor gravedad en personas de menor valor o influencia, se impone un silencio conveniente y calculadamente selectivo. La palabra es arma o puente según la mano que la empuña. Constatamos con pesadumbre cómo, a mayor densidad política o complejidad de un asunto, la tolerancia se degrada y el dogma se atrinchera en defensas corporativas.

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