Este año me propuse dejar de ser espectadora de algunos temas que, aunque siempre despertaron mi interés, no me había atrevido a abordar de manera tan directa. En medio de un año políticamente activo, marcado por las campañas al Congreso y a la Presidencia, decidí acercarme a diferentes escenarios, asistir a reuniones, escuchar distintas posturas y observar cómo se construyen las dinámicas del poder. Lo hice con especial interés en las juventudes, no sólo porque es un asunto que me inquieta, sino porque, a mis 22 años, también hago parte de esa generación de la que tanto se habla.
Y si algo he podido constatar es que los jóvenes representamos una fuerza considerable. Cuestionamos, proponemos y, a veces, decimos sin tantos filtros aquello que otros prefieren matizar. Quizá por eso nuestra participación resulta tan atractiva, pero también tan incómoda. Porque una juventud que piensa por sí misma, que cuestiona las estructuras y que no se conforma con repetir discursos puede convertirse en una fuerza transformadora; una que, para quienes pretenden mantener el control, no siempre resulta conveniente.
Hablar de juventudes, entonces, es un asunto que debe tratarse con pinzas. No porque debamos suavizar las verdades incómodas, sino porque detrás de los discursos de inclusión puede esconderse una contradicción difícil de ignorar: ¿realmente queremos escuchar a los jóvenes o queremos lo que su presencia representa?
Desde hace años existen programas de emprendimiento, mesas de participación y espacios de formación ciudadana que buscan vincularnos. Muchos son valiosos. El problema aparece cuando se convierten en escenarios de cartón: se nos convoca, se nos escucha, se toma la fotografía y se presenta el ejercicio como una muestra de inclusión, pero las decisiones siguen tomándose lejos de nosotros. ¿Para qué nos quieren involucrar? ¿Para aportar ideas, movilizar personas y generar visibilidad, o para ofrecernos oportunidades reales de construir, cuestionar e incidir?






