En las calurosas y nostálgicas tardes de Cartagena, entre pasillos universitarios llenos de libros de medicina, estetoscopios y sueños compartidos, caminaban tres amigos inseparables. Uno de ellos era Fernando, un joven de alma bohemia y pluma fina, que encontraba en la poesía la cura para cualquier dolor; los otros dos eran compañeros de bancada y de vida: él, un muchacho apuesto y de sonrisa magnética; ella, una mujer de mirada noble, recatada y de principios firmes.
El destino los había cruzado desde su natal provincia en el Cesar, y el cariño entre los tres se había convertido en un lazo de acero. Fernando observaba de cerca cómo su amigo, a pesar de las distracciones de la juventud, sentía un amor devoto y sincero por ella. Sin embargo, la época imponía sus propias reglas: ella, con una convicción inquebrantable, repetía que las páginas del amor verdadero debían abrirse en orden. No habría entrega física hasta que las campanas de la iglesia sellaran su unión ante los ojos de todos.
Los años pasaron como un suspiro de acordeón. Título en mano, la promesa de amor se cumplió y el altar los vio dar el “sí” definitivo. Fernando, testigo y cómplice de aquel idilio, celebró la boda con el alma llena de alegría.






