Hay una hora en el Caribe colombiano en la que el calor deja de ser calor y se convierte en una prueba de paciencia. Son las seis de la tarde. Las calles empiezan a llenarse, los negocios encienden sus avisos, las familias regresan a sus casas y millones de personas esperan algo que en cualquier sociedad debería ser tan elemental como abrir un grifo y encontrar agua: que, al accionar un interruptor, la luz se encienda.
Pero en buena parte de la Costa Caribe esa certeza dejó de serlo hace tiempo. En el Cesar y en La Guajira, hablar del servicio de energía es hablar de una anomalía cotidiana: interrupciones, fluctuaciones, daños en electrodomésticos, negocios que pierden mercancía, estudiantes que intentan estudiar con el celular como linterna y familias que deben reorganizar su vida alrededor de un servicio que se supone debería organizarse alrededor de ellas.
Y hay algo todavía más paradójico. La Guajira es presentada como una de las grandes fronteras de la transición energética de Colombia. Allí se proyectan parques eólicos y solares y se habla de transformar el potencial energético del departamento en desarrollo. Sin embargo, durante el segundo trimestre se anunció la construcción de una subestación provisional de 110 kV para estabilizar el servicio en Uribia y Manaure, una obra que, según informó el Ministerio de Minas y Energía el 24 de abril, busca beneficiar a cerca de 400.000 habitantes. Es difícil no detenerse en esa contradicción.






