Cuando alguien siembra un árbol, jamás y nunca lo hace por capricho. Hay en ese gesto una forma silenciosa de esperanza y vida. Se cava la tierra con paciencia, se protege el brote del sol inclemente y del viento traicionero, se riega de manera prolija con la constancia de quien sabe que los frutos no llegan por decreto sino por cuidado. El que cultiva confía en que, llegado el tiempo, aquello que fue semilla se convierta en sombra, en alimento y, finalmente, en bienestar para otros. Es lógico, del proceso depende el fruto, y de la forma como se cuida un árbol depende la calidad de lo que ofrece.
Una mañana cualquiera del verano vallenato —ese que no da tregua y vuelve todo conversación lenta pero amena—, al calor de un café compartido y bajo la complicidad que solo permite la confianza con quien se ama, hablábamos de árboles. No de cualquiera, sino de uno especial y en particular: un palo de mango enorme, acaso el más grande que los ojos de estos ciudadanos hayan visto. Un árbol llamado a dar frutos abundantes, dulces, legendarios y memorables. Pero algo fallaba —pues nada es perfecto, como todo en la vida—. No había planificación en su cuidado, no hubo fertilizante oportuno, ni poda sensata, ni protección suficiente. El árbol creció, sí, pero torcido; frondoso, pero vulnerable. Y sus frutos, aunque prometedores en apariencia, comenzaron a ser mirados con desconfianza. ¿Quién quiere probar un mango mal cuidado? Nadie.
Fue entonces cuando esa bella dama, con la ironía suave de quien entiende más de lo que aparenta, lanzó una frase que quedó suspendida en el aire como sentencia popular y filosofía doméstica: “Pues se irán a caer los mangos”. No lo dijo con rabia, sino con la resignación lúcida de quien sabe que cuando no hay cuidado, la caída es inevitable. Desde entonces, esa frase no ha dejado de resonar en la memoria, en las cavilaciones, en esas obstinaciones colectivas que nos impiden reconocer a tiempo nuestros errores.
El Centro Cultural de la Música Vallenata es ese árbol. Una idea noble, necesaria, largamente anhelada por una ciudad que se reconoce a sí misma en la música, en la palabra cantada, en la memoria oral que se volvió patrimonio. Nadie podría negar la justeza de la semilla. Pero una buena semilla no garantiza un buen fruto si el proceso es errático. Y aquí el problema nunca fue el qué, sino el cómo.
Se sembró sin un estudio serio del terreno. Se avanzó sin haber asegurado las raíces invisibles que sostienen cualquier obra pública: la planeación integral, la articulación institucional, la previsión técnica. Se construyó el tronco sin garantizar la savia. Hoy sabemos que una obra no entra en funcionamiento por simple inauguración, así como un árbol no da frutos solo porque creció. La energía, la operación, la sostenibilidad, la programación cultural; todo eso debía estar previsto desde el inicio, no como excusa posterior.
Lo que hemos visto es un árbol cargado de peroratas, falto de cuidado real. Cada explicación oficial ha sido una capa de cal sobre la corteza agrietada, un intento por maquillar lo que fue, en esencia, una falla de planeación. Se nos ha dicho que antes sí había factibilidad, como si la factibilidad fuera sinónimo de disponibilidad; como si el tiempo no contara; como si los procesos no exigieran coherencia entre el inicio y el final. Se confunde el crecimiento con la madurez, y eso, en cualquier cultivo, es un error grave.
Mientras tanto, el árbol sigue ahí, imponente, silencioso, generando expectativa y frustración a partes iguales. Los ciudadanos lo miran desde abajo, esperando el fruto prometido, preguntándose cuándo será comestible, cuándo dejará de ser un símbolo vacío para convertirse en experiencia viva. Pero el fruto que no se cuida cae antes de tiempo. Y el mango que cae sin estar listo se pudre, desperdicia su dulzura, atrae más moscas que comensales.
Tal vez aún estemos a tiempo de salvar algunos frutos. Tal vez el árbol, aunque maltratado, todavía resista una poda inteligente, un riego honesto, una decisión responsable. Pero eso exige algo que escasea tanto como el buen fertilizante: la capacidad de reconocer el error sin buscar culpables ajenos. Jamás los árboles se han secado por culpa del sol, sino por falta de cuidado.
Si no aprendemos de este proceso, si insistimos en justificar lo injustificable, los mangos seguirán cayendo. Y no habrá metáfora que nos salve del olor de lo que se pudre cuando no se hace a tiempo lo que debía hacerse bien desde el principio. Un mango que cae al suelo por descuido rara vez es apetecible: pierde su dulzura antes de ser probado, se magulla en la caída, se vuelve sospechoso para quien lo observa con cautela. La naturaleza no es la que lo condena, sino la negligencia previa.
Si no se corrige el rumbo, si no se entiende que la cultura también exige método, previsión y respeto por los procesos, este árbol seguirá ofreciendo más promesas que realidades. Y entonces, una y otra vez, con resignación y lucidez popular, no nos quedará más que decirlo en voz baja, como advertencia tardía y como sentencia conocida: “se irán a caer los mangos”.
Por Jesús Daza Castro.





