Por: Jacobo Solano Cerchiario
Cuando Juan Manuel Santos fue elegido con la abrumadora votación de 9 millones de votos, los colombianos pensaron que era el hombre para terminar con el problema del terrorismo, pero vemos con incertidumbre y preocupación que las Farc resurgen de las cenizas como el ave Fénix, ante un gobierno que, hasta el momento, ha tenido buenos comentarios, buenos ministros, buenas intenciones, buena prensa, pero pocos resultados.
El nuevo presidente parece no entender que se requiere una estrategia de seguridad más amplia, pero en su afán de librarse de la sombra de Uribe, hemos visto este mes, como el grupo terrorista se reacomoda y enfila sus baterías hacia un ejercito inseguro, al que se le nota la falta que hace un buen comandante en jefe para mantener la moral de la tropa.
El ministro de defensa, Rodrigo Rivera, no estaba preparado para el cargo, es un tipo puramente político y poco sabe de estrategia militar. Los que pensaron que Santos mantendrían las políticas de seguridad democrática, se equivocaron; estamos ante una amenaza latente y no se ven resultados tangibles en el campo militar, este grupo guerrillero ha demostrado capacidad de replegarse y puede volver a tomar fuerza como lo está haciendo: el ataque de de San Miguel Putumayo es el quinto de este mes, la semana pasada 14 policías murieron en el municipio de Doncello, Caquetá, en una emboscada, en el Bagre, Antioquia, murieron cinco soldados y 17 más quedaron heridos, y como si no fuera suficiente las Farc y el Eln, atacaron la base del escuadrón de carabineros de la Policía, en el corregimiento de Balalaika, del municipio de Santacruz, occidente de Nariño, donde murieron seis policías y cuatro más resultaron heridos.
En Pasto, se presentó un atentado contra las instalaciones del DAS, que según las primeras investigaciones habría sido obra del Eln, que dejó 12 heridos y sin mencionar las extorsiones y los secuestros que de nuevo se están volviendo a ver en toda la geografía nacional.
El panorama es desolador, no se puede ocultar el recrudecimiento de la violencia, especialmente en varias regiones del suroeste, desde que el nuevo presidente asumió el poder, hace poco más de un mes. Los colombianos comenzamos a tener esa sensación de inseguridad que nos acompañó en las épocas del Caguán y que ahora se trasladó a las ciudades, es el momento de tomar el toro por los cuernos y retomar el camino, necesitamos que el nuevo presidente se amarre los pantalones, mantenga la presión militar sobre las Farc y responda a las nuevas tácticas de los insurgentes, al mismo tiempo que pone fin a las violaciones de los derechos humanos que minaron la reputación del ejército en tiempos de Uribe; un cambio de gobierno no puede ser la excusa para que el estado deje de velar por sus ciudadanos.
La opinión se pregunta ¿Qué ha pasando para que en tan poco tiempo las cosas cambien, las estrategias se desmoronen y las fuerzas armadas sufran tantos golpes seguidos? ¿Que pasó con el cerco a Alfonso Cano? ¿Dónde está el Mono Jojoy?, es inconcebible que después de tener a la guerrilla acorralada y a punto de ser vencida, corramos el riesgo de que todo se venga abajo como un castillo de naipes. Santos prometió reformas en materia de seguridad y esto no se logra con discursos plagados de retórica, diálogos estériles, ni con salidas en falso del ministro de defensa, es con hechos contundentes. Si fracasa en la práctica, corre el riesgo de estar frente una nueva y prolongada guerra contra las guerrillas, los paramilitares y el narcotráfico.





