La dignidad de las mujeres no puede defenderse de manera selectiva, ni el respeto convertirse en una consigna que solo se invoca cuando la víctima piensa como nosotros.
En política, las diferencias ideológicas son legítimas, necesarias y, en una democracia, incluso deseables. Lo que no debería tener cabida es que esas diferencias se conviertan en una excusa para humillar, descalificar o violentar la dignidad de las mujeres.
En los últimos días, dos mujeres de corrientes políticas distintas (derechas) han sido objeto de ataques protagonizados por hombres de izquierda. Más allá de las posiciones que cada una representa, hay una discusión que no podemos seguir aplazando: ¿de qué sirven las convicciones progresistas si, cuando una mujer piensa distinto, olvidamos los principios que decimos defender?





