Tras una entrevista concedida al prestigioso diario The New York Times en enero de 2026, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que su poder como comandante en jefe del gigante del norte está limitado únicamente por su «propia moralidad y su mente».
Es espeluznante escuchar una declaración de tal calibre en boca del hombre que dirige la nación militarmente más poderosa del mundo y que, a la vez, arrastra un prontuario criminal. Es decir, la paz y la seguridad del planeta dependen de la voluntad absoluta de un individuo cuestionado moralmente que funge como presidente de los Estados Unidos.
Resulta igualmente cuestionable el nivel de vasallaje de una seguidilla de presidentes y jefes de Estado —especialmente latinoamericanos— que se arrodillan vulgarmente ante un hombre que proclama públicamente que solo su voluntad podría detener la agresión contra una civilización milenaria como la persa, que supera en veinte veces la antigüedad de la nación norteamericana.





