Jean-Paul Sartre, en su implacable examen sobre la responsabilidad ontológica, nos legó una advertencia que resuena hoy con una vibración casi profética en los confines del Cesar: “Cada palabra tiene consecuencias. Cada silencio, también”. Esta premisa es el punto de partida para desentrañar la patología que aqueja a la esfera pública de Valledupar. Vivimos bajo la égida de un mutismo particular, una forma de retraimiento que se aleja de la prudencia reflexiva o del legítimo recogimiento institucional para instalarse en los dominios de lo que podríamos denominar el silencio con dolo. Se trata de una omisión calculada, un vacío deliberado que no busca proteger la verdad y que está siempre amalgamada con la indiferencia.
En el extenso legado intelectual de occidente, el silencio no ha sido invariablemente asociado con la sombra o la culpa. No ha sido siempre una presencia ominosa. Para los místicos, representaba la única vía de acceso a la trascendencia, el punto donde el lenguaje claudica ante la inefabilidad de lo sagrado. Para los sabios, el silencio es la antesala necesaria de la contemplación, y para el artista, el lienzo negativo sobre el cual se proyecta la creación. Empero, en el recinto de la polis, el silencio transmuta su naturaleza. Aristóteles definía al ser humano como un zoon politikon, un animal político, precisamente por su capacidad de poseer logos; la palabra razonada y compartida. La política, en su acepción más elevada y noble, es el ejercicio ininterrumpido de la argumentación pública. De ahí que, cuando la palabra abdica de manera sistemática, la política se empobrece y se desfigura hasta volverse irreconocible.
En Valledupar el silencio de nuestros dirigentes es la afirmación ineludible de que esto ha dejado de ser excepción para convertirse en método y estratagema. Es alarmante la persistencia de ese vacío cuando la ciudad, en su angustia colectiva, reclama claridad. Frente a las controversias administrativas que laceran el tejido social, ante decisiones que comprometen los bienes comunes o ante la urgencia de rendición de cuentas, la respuesta suele ser una bruma discursiva. Todo esto se erige como un baluarte de invulnerabilidad, un refugio donde el poder se sustrae a la dialéctica de la responsabilidad para habitar la confortable penumbra de lo no dicho; es la renuncia deliberada al intercambio de razones en favor de una soberanía de sombras, donde el gobernante, al negar la palabra, pretende anular la existencia misma del cuestionamiento que le interpela, prefiriendo el vacío de la ausencia al riesgo de una verdad que comprometa su estabilidad.
Debemos entender y comprender dentro de nuestras cavilaciones que este mutismo tampoco se podría entender, comprender o interpretar como un mero acto de neutralidad. Esto no es una tabula rasa donde nada acontece. Muy al contrario, el silencio político es un acto performativo en el sentido más estricto del término; describe evidentemente una realidad de opacidad que la construye y la moldea. Al callar, el poder legitima inercias nocivas, fortalece las redes de conveniencia que se nutren de la sombra y, fundamentalmente, desalienta la participación de una ciudadanía que termina por interpretar la mudez oficial como un desprecio a su inteligencia.
¿A qué atavismos obedece esta consolidada cultura del silencio en nuestra región? Es posible que su raíz sea el miedo, aquel que teme la pérdida de favores, de contratos o de apoyos políticos. Quizá se deba a un pragmatismo malentendido, que confunde la gobernabilidad con la ausencia de disenso. O, tal vez, nos enfrentamos a una concepción patrimonial del poder, donde el cargo público se vive como una extensión de la esfera privada y, en consecuencia, cualquier crítica o demanda de información se percibe como una afrenta personal, una violación a la intimidad del mando. En esta ciudad, opinar se ha convertido en un acto muy temerario; inclusive, pensar antes de hablar es visto como una potencial traición al statu quo, y la discrepancia se traduce de inmediato en enemistad taxativa o manifiesta. Se arriesga todo; la vida laboral, familiar y en algunos casos hasta la vida.
Sartre insistió siempre en que estamos condenados a ser libres y que esa sentencia nos obliga per se a cargar con el peso de nuestras elecciones. Ninguna sociedad, por más que se pavonee o se jacte de su resiliencia, puede sostener de manera indefinida un pacto tácito fundado en silencios cómplices. Debemos aprender que cuando la palabra institucional se retira y deja un vacío de significado, la palabra social emerge con una fuerza disruptiva. La ciudadanía, privada de canales formales, comienza a buscar otras tribunas, otros lenguajes y otras formas de expresión que no siempre transitan por los senderos de la institucionalidad. La tesis que aquí se esboza no pretende ser estridente, sino más bien ética; el silencio político, cuando es deliberado frente a lo injusto, deviene en una modalidad de complicidad que se incrusta en la estructura misma de lo público. No es menester intervenir de forma directa en el acto reprochable para quedar vinculado a él; basta con permitir que se vuelva paisaje, que se integre a la rutina de lo tolerable.
En definitiva, la fenomenología del silencio en Valledupar nos confronta con una verdad incómoda pero que no se puede aplazar: callar, cuando se ostenta poder público, nunca es un gesto inocuo. No se trata aquí de exigir verborrea ni de confundir liderazgo con estridencia; se trata de recordar que la esencia misma de la vida en común descansa sobre el intercambio de razones, sobre la exposición transparente de las decisiones y sobre la valentía de someter el ejercicio del mando al escrutinio ciudadano. La palabra debe volver a ocupar su lugar como el lienzo sobre el cual proyectamos nuestro futuro común, despojándola de la bruma discursiva que hoy la asfixia en la indiferencia. En última instancia, el silencio podrá proteger transitoriamente la estabilidad de quienes temen al cuestionamiento, pero jamás podrá acallar la necesidad humana de luz y reconocimiento.
Queda entonces la interrogante vibrando en el aire del Cesar: ante el peso de cada palabra y la gravedad de cada silencio, ¿seremos la generación que restauró el sentido de lo público o simplemente los testigos mudos de su desfiguración irreconocible?
Ah, y por cierto… estamos en campaña política; por eso casi no se sienten.
Por Jesús Daza Castro





