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Faenas y logros de mis progenitores

Tanto mi padre como mi madre fueron analfabetos. Mi madre siempre humilde, discreta, visionaria, responsable y católica fiel. Sus hijos mayores la enseñaron a leer y a escribir. A mi padre el analfabetismo no lo amilanó, ya que fue un pequeño empresario agropecuario independiente.

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Tanto mi padre como mi madre fueron analfabetos. Mi madre siempre humilde, discreta, visionaria, responsable y católica fiel. Sus hijos mayores la enseñaron a leer y a escribir. A mi padre el analfabetismo no lo amilanó, ya que fue un pequeño empresario agropecuario independiente. Siendo un mozalbete se trasladó a la Zona Bananera del viejo Magdalena en búsqueda de mejores oportunidades laborales y en la United Fruit Company consiguió empleo como ‘colero’ (ayudante que agarra la cola de los racimos de bananos para evitarles golpeaduras), trabajo fuerte pero bien remunerado en comparación con los que pagaban en las fincas de ganaderos y agricultores de la región de Valledupar.

Después de varios años continuos trabajando en dicha empresa bananera estadounidense, renuncia por dos motivos: el primero, por el deseo de cohabitar con Fernanda Churio, mi madre. La segunda causa, por la injusta matanza de trabajadores de la United Fruit Company que participaban en huelga reivindicatoria de derechos laborales.

Mi padre regresa a Guacoche, su terruño natal, con el ahorro de su trabajo. Le comenta a su madre y a su padrastro Bernardo Atencio (persona pudiente), que quería invertir su ahorro en algo lucrativo, y tuvo el apoyo, ya que le brindaron tierra fértil y dinero. Con esta donación mi padre, en Guacoche, instaló una tienda miscelánea y en corto tiempo compró más terrenos, en los que organizó una finca agropecuaria, con cultivos de pancoger, cría de ganado caprino, ovino y bovino, cuya reproducción la vendía en la región; además abastecía al Batallón Bomboná mientras cumplió su misión militar en Valledupar, en la infraestructura diseñada y construida en los mandatos del presidente Alfonso López Pumarejo, para la sede del Hospital Rosario Pumarejo de López, que comenzó a funcionar en 1950 y su primer administrador y a la vez director científico fue José Antonio Socarrás Sánchez, médico oriundo de Villanueva, La Guajira, que antes había prestado servicios en el moderno hospital de la United Fruit Company de la Zona Bananera del Magdalena Grande.

Mi padre fue objeto de mucho bullying verbal, tal vez por la envidia de personas resentidas por su prosperidad. Lo cierto es que en Valledupar referían cuentos burlescos ficticios, concernientes al analfabetismo, raza, procedencia rural y auge económico de mi padre, por lo cual pregonaban que era “un burro negro guacochero cargado de dinero”. Esto mitificó la riqueza de mi padre que, realmente, no fue tan alta como la pregonaron. Mi padre, lo que siempre tuvo alta fue su autoestima que, yo, he procurado emular. Asimismo, he admirado el rígido talante de mi madre.

Ambos, mi madre y mi padre, tuvieron enorme empeño para que sus hijos no fueran iletrados como ellos; en consecuencia, adquirieron una casa confortable en Valledupar, a donde en 1943 se mudó mi madre con sus primeros seis hijos con el propósito de que estudiaran bachillerato para que pudieran tener acceso a estudios universitarios. El esfuerzo de mi madre y mi padre fue beneficioso, ya que la mayoría de sus hijos logramos ser profesionales en distintas ramas del saber humano.

Entonces, en el Colegio Loperena de Valledupar nada más se cursaba hasta cuarto de bachillerato; para terminarlo había que buscar cupo en otra ciudad. Y Guillermo, el primero de mis hermanos en culminar el cuarto año de bachillerato, eligió el Colegio Mayor de San Bartolomé de Bogotá. Colegio privado católico que no aceptaba hijos ‘naturales’. Mis padres se casaron en iglesia católica para que el magnánimo obispo de Valledupar, Vicente Roig y Villalba, intercediera en la alta esfera de la jerarquía católica colombiana. Y así, mi hermano pudo terminar el bachillerato en su colegio preferido y después pasó a estudiar Derecho en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá.

Mis padres fueron paradigmas en el municipio de Valledupar. Algunos de sus admiradores me lo manifestaron personalmente, entre ellos, Juvenal Ovidio Palmera Baquero, prominente abogado que ocupó altos cargos públicos en nuestro país; Pepe Castro, Aníbal Martínez Zuleta, Consuelo Araújonoguera, Alfonso Araújo Cotes, Luis Rodríguez Valera, Luis Camilo Morón, Mario Murgas y también su hijo Jaime Murgas Arzuaga.

José Rodríguez Martínez, excolumnista de EL PILÓN con el seudónimo de ‘Mardá′, en una de sus columnas a comienzos del siglo XXI, resaltó a Justiniano Romero, mi padre, como una de las personas importantes del siglo XX en el municipio de Valledupar.

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