MI COLUMNA
Por Mary Daza Orozco
Las veces que he iniciado un seminario de redacción en los colegios, los estudiantes me preguntan: “¿Para qué esto, si no vamos a ser escritores?” Me dedico, entonces, a explicarles que hay dos clases de escritores: el que escribe correctamente para la vida, para el desarrollo de su profesión, para sustentar su grado de cultura y los escritores literarios.
La diferencia entre ambos es que aquellos se hacen y los segundos nacen. El primero aprende en el colegio normas de cómo escribir correctamente: gramática, ortografía, un buen ritmo; y logra redactar bien, pero no podrá ser un escritor de oficio si no ha nacido con el don que los lleva a hacer de la sonrisa de un niño un canto a la vida.
Ese don de escribir bien, como decía, es de nacimiento, como lo son el buen compositor vallenato o el pianista consagrado. ¿Necesitan estudio?, claro, hay que perfeccionar las aptitudes que nos llegan de Dios, como decía Juan Pablo II o como lo dije una vez sin pensarlo y caló: el poeta nace de un suspiro de Dios.
Pues bien, la escritura correcta, esa que se aprende con un buen profesor, con la lectura y la escritura diarias, es también una fuente de salud emocional y mental inigualable.
Para entenderlo tememos que remontarnos a lo que es el acto de escribir: la necesidad de sacar nuestras emociones y ponerlas por escrito en un papel. Para que haya un acto de escribir se necesita un ingrediente poderoso, la motivación, que es ese deseo de liberarnos de algo que nos está molestando, o el afán de contarle al mundo algo que ya sabe, pero que no lo ha descubierto con la intensidad con que lo hace el escritor.
La motivación puede ser amor u odio; angustia o alegría desbordante, y todos esos sentimientos que vamos acumulando a través de los años. Esa acumulación hace daño. Un odio enraizado, un resentimiento enquistado nunca lo dejarán ser feliz hasta el día en que los conjure.
No es necesario que vaya a buscar a la persona que odia porque le hizo mucho mal y le pida perdón aunque no lo sienta, porque le enseñaron que el odio es malo, es verdad que corroe los afectos, pero llega a sentirlo porque usted es humano, pero si a la vez es inteligente tiene que sacarlo de sus adentros y es ahí en donde aparece la necesidad del acto de escribir.
Usted ha pasado un día malo, alguien le jugó sucio, le hizo daño, vaya a un lugar donde nadie lo moleste y escriba todo lo que se le ocurra sobre esa persona, se sentirá más aliviado, luego siga escribiendo sobre lo mismo cada vez que esté motivado, no comprenderá después en qué momento se le acabó el odio o el resentimiento.
Escribir sana. Los psicólogos lo usan como catarsis, le dejan como labor escribir todo lo que siente y luego a que escriba todos los días sobre eso que lo está haciendo infeliz, hasta cuando se sienta liberado.
Conocí a un novelista que decía: “A mis enemigos los mato en mis libros”, era un artista por lo que no tenía necesidad de utilizar el nombre de quien lo había ofendido, simplemente lo describía como era o como lo veía él y lo hacía aparecer repugnante y hasta maligno. Luego el novelista explicaba: “Cuando se hace eso se siente una paz interior y no has pecado porque todo está metido en la ficción”.
Haga del acto de escribir su terapia personal, todos los días, aunque sean dos renglones, deje fluir toda la energía inadecuada que lo está perturbando, después rompa el papel o quémelo, aunque si lo guarda y lo lee dentro de unos años se sorprenderá, puede que ese alguien a quien mató todas las noches en sus dos renglones de escritura, sea ahora su mejor amigo.





