Por Gustavo Cotes Medina
Parece que seguimos subestimando al Rio Magdalena por falta de seriedad y sentido de compromiso de los gobiernos de turno. No estamos pensando en grande con la principal arteria fluvial, que es parte esencial de la seguridad nacional y el desarrollo económico del país. Seguimos en deuda con el Río de la Patria y con los 28 millones de colombianos que viven en los municipios de la cuenca hidrográfica que, en su mayor parte, derivan su subsistencia del Río.
Hoy, por los devastadores efectos del intenso invierno, las evidentes consecuencias del cambio climático y la suma de algunas negligencias regionales, esas familias ribereñas están con el agua a la altura de los techos de sus viviendas. La población vulnerable lo ha perdido todo y hasta han dejado de soñar.
Las lluvias presentan un saldo de 263 muertos, 271 heridos, 70 desaparecidos, más de dos millones de damnificados y están anegadas casi un millón de hectáreas agrícolas y pecuarias. Ocho embalses nacionales superaron su capacidad de almacenamiento. Este es el resumen nacional de un panorama desolador que necesita ayudas del orden de los 10 billones de pesos para su total recuperación.
El país – seguramente- saldrá adelante de este enorme y doloroso problema por la solidaridad demostrada en todos los sectores económico, por su decisión, capacidad de lucha y por lo que repetía Einstein, “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.
El Rio Magdalena debe ser parte fundamental de la política económica y social del Gobierno Santos y su desarrollo, desde el nacimiento hasta la desembocadura en Bocas de Ceniza, se debe considerar como una política de Estado, un compromiso de todo el país, para lograr un crecimiento integral con acciones válidas que permitan avanzar en la mejora de su navegabilidad y control de inundaciones.
El Río aún está en la búsqueda de su equilibrio y ahora se hace sentir reclamándonos con autoridad y en distintas formas, el olvido y el mal trato recibido en su recorrido por el país de 1540 kilómetros, a través de sus 509 años de historia. Tenemos que dejar de mirar al Río como una amenaza para sus poblaciones ribereñas superando toda la historia de inequidad y violencia que ha generado atrasos y abandono en el desarrollo de sus puertos.
El país no tiene cultura de prevención, no está preparado y carece de capacidad institucional para evitar los desastres sociales producto del cambio climático. Debemos tener un ordenamiento ambiental territorial vigilado por el gobierno y ciudadanía. Seguimos construyendo viviendas urbanas y rurales en lugares inadecuados, sin herramientas de planeación, y las Corporaciones Autónomas Regionales, no cumplen sus funciones. Tenemos que recuperar ciénagas y humedales, proteger la infraestructura vial y educar a la gente para la gestión ambiental.
La corrupción y politización de las CAR es un atentado contra la vida humana. Estaban informadas y advertidas, con suficiente antelación por las autoridades ambientales, de la actual tragedia invernal y tenían la posibilidad de mitigar los cuantiosos daños presentados, alertando a la población y adoptando medidas que por ley estaban obligados a tomar, y no lo hicieron oportunamente.
Las Corporaciones Autónomas Regionales son deficientes, pero no estamos hablando de acabarlas, hay que reducirlas y reestructurarlas. No deberían ser más de seis las Corporaciones en el país, una por cada Región, en armonía con sus procesos de desarrollo. Las CAR no pueden seguir siendo una concentración de recursos para pagar favores políticos.
Las 36 corporaciones existentes deben ser entidades técnicas capaces de prevenir fenómenos como los que ahora vive el país, pero es importante anotar que toda la culpa de los estragos del invierno no es solo de estas entidades. Sin embargo, su balance es triste y frustrante.
El invierno no da tregua y el presidente Santos conoce muy bien que la solidaridad nacional e internacional es muy importante, pero nunca será la solución. El país se debe reconstruir con inteligencia e imaginación con la figura de la emergencia social y económica rondando por ahí, como un fantasma inquisidor.
AGREGADO
Para todos los lectores de El Pilón y de esta columna, les deseo que la Navidad sea el nacimiento de nuevas oportunidades y de nuevas esperanzas.





