El agua es la fuente primigenia de la vida. En el río amniótico del vientre materno iniciamos el periplo terrenal, por eso somos navegantes por instinto. De esos primeros meses flotando en el río interior viene nuestra liturgia por el agua. El agua es la primera bendición que evidencia el ingreso a la cofradía católica, es higiene y alimento para el cuerpo y el espíritu.
Necesitamos tanto del agua que nos regocijamos en la hidrolatría: ofrendamos el desfile de la lluvia, el camino vegetal del río, el escarceo de los mares con el blanco tropezar de las olas. El agua fluye por los cauces interiores renovando las células del cuerpo y es por naturaleza origen de vida y sinónimo de fiesta. La belleza y la alegría de nuestros pueblos son en gran parte, por la presencia de los ríos.
Un río es una muralla que frena el trote del desierto. El río existe por un ciclo perfecto de la naturaleza, y en su nacimiento intervienen: el rocío emergente de los glaciares, el remanso de los páramos, el reposo ondulante de lagunas, las afluencias de riachuelos y el retorno de la lluvia. Y la lluvia está ligada a la presencia de los bosques y al viento que eleva a las nubes el polen que condensa el agua evaporada por el sol.





