El olor a fango del río Magdalena y a taruya (entiéndase por la planta Jacinto de agua común) que llegaba a ellos permitía deducir que estaban ya cerca y la romería que transitaba por la zona hacía pensar que el circuito solo estaba a unos cuantos metros.
El Brayan, que cargaba una nevera de poliestireno expandido (entiéndase icopor) y arrastraba un pequeño tanque con rueditas en donde iba el hielo picado junto a las bolsas de agua de una marca que para nada pertenecía a las empresas patrocinadoras del evento, divisó, sorprendido, a Firulais, el fiel chandoso de la familia por casi diez años. Acababa de llegar corriendo tras ellos. No sabían cómo había llegado ahí, pero ahí estaba, agitando su cola a pesar de lo extenuado. Les ladró como si les reclamara no haberlo esperado, olfateando de paso la ponchera llena de chuzos y chorizos.
Mientras tanto, a lo lejos se escuchaba por el sistema de altavoces la presentación de las escuderías y alguna que otra información en idioma inglés. Aún los motores no rugían como lo habían hecho el día anterior para la clasificación de la pole y sólo se escuchó por un instante el rebuzno de un burro al otro lado del río, cuyo sonido había traído la brisa.





