En estos días estaba escuchando la radio, cuando la conversación giró hacia un concepto que no conocía: el síndrome de Wally. Lo explicaban a propósito de “¿Dónde está Wally?”, ese libro de ilustraciones donde un personaje de gorro rayado y gafas redondas aparece escondido entre miles de figuras, en cada escena, en cada multitud, en cada época. Wally está en la playa, en el estadio, en la Edad Media y en la conquista del espacio. Está en todas partes. Pero, si uno se detiene a pensar qué hace Wally en cada una de esas escenas, la respuesta es siempre la misma: nada. No construye, no lidera, no resuelve. Su única función es ser visto.
El síndrome de Wally, en el lenguaje coloquial que escuchaba en la radio, describe justamente eso: personas —o marcas, o instituciones— obsesionadas con la presencia, pero ausentes de sustancia. Tienen la necesidad de aparecer en la foto, en el evento, en la conversación, sin embargo, al final del día no dejan huella. No aportan una idea, no generan un empleo, no resuelven un problema. Solo aparecen.
Y, mientras escuchaba, no pude evitar pensar en Valledupar.





