Mi papá tuvo dos administradores. Uno fue el de toda la vida, Gil Barrios, y su esposa, Isabel, quienes, por los años que trabajaron con nosotros, se convirtieron en parte de la familia, tanto que a mis hermanas y a este servidor, Isabel nos recibió de manos de la partera, doña Dina Cuadros, y sus hijos se criaron junto con nosotros. De modo que no los veíamos como trabajadores, sino como familia.
El otro fue un tipo cuyo nombre no quiero recordar y solo sé que le decían, por remoquete, “Limpia rifles”. No tengo la menor idea de por qué ese alias, pero, por el futuro que tuvieron algunos de sus hijos, intuyo los motivos por los cuales se lo pusieron.
Cuando se terminó el algodón y decidimos irnos a buscar tierras frescas a Astrea, mi papá le comunicó tanto a Gil como al susodicho fulano que tenían la opción de irse con él y seguir trabajando. Gil, por supuesto, aceptó encantado porque, entre otras cosas, recuerden que fue él quien lo motivó para que comprara las tierras en la región, pues era oriundo de allá y tenía a su familia en la zona.





