COLUMNA

La Serranía de Valledupar

Existe una ley natural que no está escrita en ningún código, pero si figura en la fundación de los principales núcleos humanos: las ciudades llevan en su nombre la cicatriz o la bendición de la tierra que los vio nacer.  Desde la antigüedad hasta hoy, los accidentes geográficos al igual que los cuerpos de agua […]

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Existe una ley natural que no está escrita en ningún código, pero si figura en la fundación de los principales núcleos humanos: las ciudades llevan en su nombre la cicatriz o la bendición de la tierra que los vio nacer. 

Desde la antigüedad hasta hoy, los accidentes geográficos al igual que los cuerpos de agua han sido el primer padrino del asentamiento. El pueblo no bautiza a la montaña; es la montaña la que bautiza al pueblo.

Por eso hay ciudades que terminan fundidas con su propia geografía hasta llevarla como apellido. Tal es el caso de los Farallones de Cali (por ser un telón montañoso de fondo para la ciudad); Volcán Puracé (en cuyas faldas duerme el municipio que lleva su nombre); Valle del Patía (marcado por el río que lo atraviesa); Nevado del Huila (casquete glacial que lleva el nombre del departamento); Municipio “Cumbre” en Valle del Cauca (fundado sobre la cumbre de la cordillera occidental); entre otros.

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