No te voy a contar lo que pasó. Ya lo sabes. Lo sentiste, lo viste, lo lloraste, conoces a alguien que lo vivió en carne propia. Esta columna no es para informarte. Es para pedirte algo, y también para agradecer a quienes ya están respondiendo.
Colombia está herida, pero no vencida. Ahí está la diferencia que nos define: se derrumban los edificios, no el espíritu. Cada vez que la tierra nos ha golpeado —y lo ha hecho muchas veces— hemos respondido igual: con las manos abiertas, con la fila para donar, con el vecino que sin preguntar abre la puerta de su casa al que se quedó sin techo. Eso no lo enseña ningún gobierno. Eso lo llevamos en la sangre desde siempre.
El presidente Abelardo de la Espriella recibió el país hace apenas días, y su primera gran prueba no fue una reforma ni un discurso: fue un terremoto de magnitud 7,4 que puso a temblar literalmente los cimientos de su gobierno recién estrenado. Y lo enfrentó teniendo que apoyarse en una entidad, la UNGRD, que llega a este momento con la credibilidad golpeada por un desfalco heredado del gobierno anterior. Aun así, la respuesta institucional no se detuvo: se declaró la emergencia como desastre nacional, se activaron protocolos, se movilizaron recursos. Gobernar en medio del escombro que otros dejaron, y hacerlo sin excusas, también es una forma de servicio que merece reconocerse.





