Un país no debería preguntarse únicamente quién tiene la razón. También debería preguntarse qué tan humanos estamos siendo.
El reciente terremoto que sacudió a Colombia volvió a poner sobre la mesa algo que parece que estamos olvidando: detrás de cada noticia hay personas, familias, miedos y pérdidas. Sin embargo, incluso frente a una tragedia, encontramos la manera de convertir nuestras diferencias en ataques.
Ya no parece suficiente pensar distinto. Necesitamos demostrar que el otro está equivocado. Ya no basta con defender una posición política; parece necesario ridiculizar a quien piensa diferente. Y, en medio de esa dinámica, hemos llegado incluso a encontrar motivos para burlarnos del dolor ajeno.





