COLUMNA

Alveiro, el alegre

Porque una conversación puede no resolverlo todo, pero sí puede convertirse en el comienzo de la ayuda y de la esperanza

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El viernes 4 de septiembre comenzó con una llamada de mi mamá. Me dijo que debía comunicarme con mi primo Armando porque tenía una noticia muy triste. Alveiro, mi amigo, con quien compartí buena parte de mi vida universitaria en Bogotá, había fallecido.

Cuando se lo conté a mi esposa, me preguntó cuál Alveiro. “¡El alto, el alegre!”, respondió. Así lo recordábamos todos.

Hace treinta años compartíamos con mi primo Armando y otros amigos ocañeros un apartamento en el barrio Santa Isabel. Alveiro siempre terminaba convertido en el centro de cada encuentro. Cocinaba con pasión, hacía reír y tenía una facilidad especial para reunir a la gente. Todavía recuerdo los asados que organizaba cuando nos recibía durante los carnavales en Ocaña.

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