Los amigos del statu quo dirán que soy demasiado crítico y que a lo mejor sea un iconoclasta, pero no, solo trato de desmitificar algunos conceptos histórico-culturales con implicaciones de dominación en las relaciones capital-territorios del departamento del Cesar, tratando de mostrar, de visibilizar lo que a través de 54 años han convertido en relato deculturador, de la cultura vallenata sobre lo vernácula y terrígena de nuestros pueblos, además de la imposición política y dominación social de los detentores del poder en la capital sobre los territorios que conforman el departamento.
Se creó el departamento del Cesar y su clase dirigente embriagada por el triunfo y la sed de poder con miras a repartirse ese recién horneado ponqué electoral, con apetitosos y llamativos adornos y confitería de burocracia, y velitas en dinero que iluminaban el deseo de esa nueva casta política que ponía a salivar sus papilas gustativas en el deseo irrefrenable de participar en la mesa servida inicialmente por Alfonso López Michelsen, a quien respetaban y admiraban, y el que sabiamente supo manejar a su antojo la genuflexa nueva capital que se le rendía como vasallos a sus pies.
López y sus nuevos amigos buscaron un nexo que comunicara y consolidara su poder y se valió de una lejana parentela, que apareció por arte de magia en el momento preciso, y que se arraigó en el imaginario vallenato posicionando a ese primer gobernador como vallenato de sangre, ungido como gobernador por la gracia de Lleras y para honra y prez de la nueva capital.











