CRÓNICA

El ángel de Los Haticos

Hay milagros que bajan del cielo. Pero otros, los más raros, los más verdaderos, nacen en la tierra seca, caminan descalzos bajo el sol, entienden el mundo más despacio que los demás… y sobreviven únicamente porque alguien los ama lo suficiente como para salir a buscarlos hasta el fin del desierto.

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El angel de Los Haticos-web

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A las doce en punto del día en que el sol decidió caer de frente sobre la tierra, un ángel apareció caminando por el desierto de La Guajira. No descendió del cielo ni abrió las nubes con trompetas: llegó a pie, con el cabello dorado pegado a la espalda por el sudor y los ojos verdes ardiendo como dos cirios encendidos. Iba desnudo, barrigón y solemne, avanzando entre cardones y espinas como si no le doliera la arena caliente. Las mujeres de Los Haticos, que a esa hora desgranaban maíz bajo los techos bajos del palenque, fueron las primeras en verlo. Y juraron que aquel mediodía el cielo bajó a visitarlas en forma de niño.

Pero mucho antes de que vieran ese ángel atravesando el desierto, había sido simplemente Laureano.

Venía de La Peña, un pueblo donde el sol no alumbra: revela. Allí la mayoría nace con el cabello claro y los ojos verdes o azules, como si la sangre arrastrara todavía la memoria lejana de los Acosta La Couture y su descendencia francesa. Las casas son blancas, el polvo es fino como harina y el viento murmura historias antiguas en las ventanas.

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Temas tratados
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