El domingo 18 de mayo de 2014, a las 6:30 de la mañana, la mamá de Brayan lo despertó para ir a la iglesia, como todos los domingos. Él no tenía ganas de levantarse: estaba cansado de la celebración del día anterior. Su abuela, que siempre le inculcó la fe, le recordó que, si había energía para las fiestas, también debía haberla para la iglesia. Brayan se levantó y se alistó.
Estaba en ropa interior cuando su mamá lo encontró con la piel de los brazos, los dedos y la cara colgando. Lo único que pedía era agua. Ella se la dio. Sin saberlo, aquella mañana había comenzado uno de los episodios más dolorosos de la historia de Fundación, Magdalena.
Las clínicas de Fundación no tenían capacidad para atender quemaduras tan graves. Por eso, Brayan y otros dos niños fueron remitidos en ambulancia a Santa Marta. Él recuerda haberle dicho a su mamá que se fuera a casa, que estaba bien. Ella lloraba y no respondía.










