Colombia está de luto por el asesinato de Miguel Uribe Turbay, un hecho que nos devuelve a una memoria dolorosa que creíamos superada. Más allá de la tragedia personal, este magnicidio es una herida profunda en nuestro tejido histórico y una advertencia de que la estabilidad democrática no puede darse por sentada. El duelo, en este contexto, es un quiebre que nos obliga a mirarnos al espejo como sociedad.
Este momento nos exige una reflexión en tres niveles.
El duelo humano: la vida como principio innegociable. La vida es inviolable y protegerla debe ser una acción diaria y una política de Estado. La vulnerabilidad que hoy sentimos colectivamente nos recuerda la urgencia de cuidar la vida con hechos, no solo con declaraciones. Cuando un líder es asesinado, se apaga una voz y se enciende una alarma que indica que el Estado de derecho y la convivencia están en riesgo.





