Hay personas que parecen estar bien; cumplen con sus responsabilidades, trabajan, conversan y sonríen. Pero por dentro viven agotadas, no porque hayan corrido demasiado, no porque les falten horas de sueño, sino porque su mente nunca se apaga.
La ansiedad no siempre llega haciendo ruido, no siempre aparece como una crisis evidente; muchas veces se instala lentamente, disfrazada de preocupación constante, de pensamientos repetitivos, de miedo a que algo salga mal. Y cuando permanece demasiado tiempo, deja de vivirse solo en la mente; empieza a sentirse en el cuerpo, porque la ansiedad no solo se piensa, también se respira, se acelera, se aprieta y se tiembla.
Una de las cosas que más confunde a quienes viven ansiedad es que muchas veces creen que algo grave está pasando físicamente, y tiene sentido porque los síntomas se sienten reales, muy reales. El corazón se acelera sin razón aparente, las manos tiemblan, la respiración se vuelve corta, el pecho se aprieta. Aparece la sensación de ahogo, el mareo, la tensión muscular, el sudor, la sensación de perder el control… y entonces llega el miedo: “¿Me estará dando algo?”, “¿Será un problema cardíaco?”, “¿Por qué mi cuerpo reacciona así?”.











