Los miles de votos al Senado de la República que, elección tras elección, terminan en las urnas a favor de candidatos de otros departamentos distintos al Cesar, es un fenómeno que merece analizarse de cara a los comicios del próximo domingo.
La cifra de “votos fugados” del Cesar en cada elección es alta, pero pareciera pasar desapercibida. En las elecciones de 2022, cuando se eligió el actual Senado de la República, fueron muchos los que, sin ser oriundos ni tener arraigo en el Cesar, lograron obtener una votación significativa en el departamento. Esa tendencia, lejos de disminuir, pareciera aumentar con cada nuevo proceso electoral y, por el ambiente que se ve, el próximo domingo se repetirá.
En las elecciones pasadas sacaron votos en el Cesar senadores como José David Name, Juan Felipe Lemos, Efraín Cepeda, Nadya Blel, Marcos Pineda, David Luna, Jonathan Pulido, Iván Name, Karina Espinosa, Lidio García, Fabio Amín, Carlos Manuel Meisel y María Fernanda Cabal, entre otros. Sería bueno preguntarles qué han hecho por el Cesar.
Pero ¿por qué se da la fuga de votos? Hay varias explicaciones. En primer lugar, el Senado es una circunscripción nacional y cualquier ciudadano puede votar por un candidato sin importar su departamento de origen. En segundo lugar, se debe a la debilidad de los proyectos políticos regionales. Cuando el electorado percibe fallas entre los liderazgos locales opta por respaldar figuras con mayor visibilidad nacional.
Son muchos los pros y contras. Que senadores de otros departamentos obtengan votos en el Cesar puede traducirse en una interlocución directa con congresistas que, aunque no sean cesarenses, se comprometen con proyectos estratégicos para la región, siempre y cuando sus aliados locales les expongan intereses generales y del bien común y no los particulares.
En teoría, esto podría diversificar los canales de gestión ante el Gobierno Nacional y ampliar apoyos para iniciativas en infraestructura, agricultura, transición energética o inversión social.
Además, la dinámica nacional del Senado permite que el Cesar no quede aislado en debates que superan lo local, tales como las reformas económicas, políticas ambientales o decisiones sobre regalías o cualquier propósito regional.
En cuanto a lo negativo del tema se podría decir que cada voto que sale del Cesar reduce la posibilidad de elegir un mayor número de senadores con identidad y compromiso territorial. Esos sufragios dispersos podrían marcar la diferencia entre lograr una o dos curules adicionales para el departamento.
Desde luego que un bloque parlamentario cesarense fuerte puede articular mejor la defensa de los intereses regionales, ejercer presión política coordinada y vigilar la ejecución presupuestal. Sin congresistas propios, el Cesar corre el riesgo de depender de voluntades externas, que cambian con el vaivén de las coyunturas políticas.
Otra ventaja de tener senadores cesarenses es que eso significa contar con voz directa en el escenario nacional con mayor conocimiento de las problemáticas locales y regionales.
Ahora bien, el tema tiene una variante: las listas al senado cerradas – no de voto preferencial y excluyente por una persona- que son las más nacionales, ideológicas y serán las más votadas, las del tradicional Centro Democrático y la más nueva del Pacto Histórico. Si el interés local tuviese alguna influencia es mejor aquella que tenga candidatos del territorio en capacidad de ser elegidos.
De todas maneras, creemos que ese fenómeno de la fuga de votos debe formar parte del debate público, pero sin entrar a desconocer la naturaleza nacional del Senado, y sin cerrarles las puertas a nadie. Ya hemos hecho comentarios de lo malo que fue esta circunscripción creada en 1991, que, entre varias razones, ha encarecido y personalizado las campañas políticas. Lo que debe evaluarse con cuidado es si al Cesar le conviene más dispersar su votación en múltiples candidaturas externas, o concentrar esfuerzos para consolidar una representación más fuerte con senadores hechos en su territorio.
