COLUMNA

Violencia política

La violencia política y el deterioro del respeto institucional reflejan una polarización que amenaza la convivencia democrática y profundiza las divisiones en Colombia

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Los recientes hechos en los que una turba de desadaptados, armada con puñales, se acercó a la vivienda del expresidente Álvaro Uribe Vélez para vandalizar sus muros exteriores en Antioquia, son sencillamente espeluznantes. Buscando problemas —porque no era más lo que buscaban—, estas personas, “progresistas”, pisotearon las más mínimas normas de convivencia y afectaron la propiedad privada de la familia Uribe. Por su parte, el expresidente, gallardo y altivo como siempre, salió, rodillo en mano, con canecas de pintura blanca y, apoyado por varios seguidores, empezó un proceso de limpieza libre de agravios, pero sentando claramente su posición: inaceptable, a todas luces irrespetuoso, demencial y delictuoso. Sé de varios casos de uribistas que viajaron por vía aérea para apoyar a “El Gran Colombiano” en momentos tan desafortunados y, ojalá, irrepetibles.

La violencia política actual es producto de que nos gobiernan personas que tienen cuentas pendientes con la justicia. Si la poca institucionalidad que nos queda está en manos de hampones, el respeto por el otro está seriamente en duda; eso es lo que nos está pasando. Recordemos que tenemos varios exguerrilleros en posiciones de liderazgo estatal, que bajo la cobija de la figura de la amnistía, abusan del perdón de buena fe de una nación que hoy se siente profundamente traicionada. La propiedad privada siempre está en el léxico de una izquierda mezquina, que la atropella sistemáticamente y, curiosamente, la desea, la anhela.

Por eso hay inescrupulosos que creen tener el derecho de vulnerar lo que pertenece a otros, lo que ha sido producto del trabajo bien hecho de colombianos que madrugan a estudiar y trabajar; de afectar a los que pagan impuestos y financian los subsidios de los menos favorecidos. A esas personas productivas, que generan valor y productividad, las atacan sin piedad y sin pensar que, gracias a ellos, tienen acceso a una vida mejor. El resentimiento es de tales dimensiones, que prefieren afectar al conglomerado social que tributa, para reemplazarlo socialmente, vía la aprehensión de impuestos que nos pertenecen a todos.

Desde la distancia, acompañamos a Álvaro Uribe Vélez y le reiteramos nuestra admiración, cariño y respeto, nuestro total agradecimiento por una vida dedicada al servicio público y a la defensa del orden y las leyes. Lamentamos lo sucedido en su casa, esperamos que las autoridades cumplan con su papel de judicializar a los responsables que se acercaron a hacerle daño y esperamos verlos pronto capturados. Ya nos asesinaron a Miguel Uribe Turbay.

¿Qué más tiene que pasar para que nos convenzamos de las malas intenciones que tiene el Pacto Histórico? Hace carrera en Colombia que criticar a la izquierda es un acto de persecución, injusto, arrogante, esclavista, pero de ser al contrario, es decir, si se ataca a la derecha productiva, es un acto de reparación. ¡Increíble!

Mientras tanto, se acercan las elecciones y anticipo resultados. Tendremos dos sorpresas en las que Abelardo De la Espriella será una de ellas. Me explico. La primera sorpresa será que Abelardo ganará la primera vuelta, obtendrá más votación que Iván Cepeda; la segunda será que Paloma Valencia se desinflará y quedará relegada a un lejano tercer lugar, muy atrás de De la Espriella y del candidato de izquierda. Ojalá hubiera una tercera sorpresa: aunque difícil, no sería imposible una victoria de Abelardo, es decir, que más de la mitad de los votantes lo acompañara en su elección.

Este sería el mejor escenario, evitaría la costosa segunda vuelta, y enviaría un mensaje contundente, categórico, al mundo: la mayoría del pueblo colombiano se cansó de todo lo vivido durante estos casi cuatro años y actuó en consecuencia. De tener que vernos con Cepeda en una segunda vuelta, calculo que, de los votos de Paloma en la primera, se irían a Abelardo entre un 65 % y 70 %; ¡triunfo asegurado!

¡No más tiranía, no más robo del Estado, no más desfachatez en el Ejecutivo y bienvenidas la institucionalidad, la seguridad, la salud, el empleo formal, la educación y la vivienda digna!

¡Gustavo Petro y su gabinete se van en diez semanas!

Por: Jorge Eduardo Ávila

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