Hay un cansancio que no se arregla durmiendo, no mejora con un fin de semana libre ni desaparece después de unas vacaciones. Es un cansancio más profundo, más silencioso, más difícil de explicar: el cansancio emocional.
Y lo preocupante es que nos estamos acostumbrando a vivir así. Nos acostumbramos a levantarnos agotados, a sentir la mente pesada, a vivir preocupados incluso en momentos tranquilos, a funcionar automáticamente mientras por dentro todo se siente saturado.
La gente sigue trabajando, estudiando, resolviendo y aparentando normalidad, pero detrás de muchas sonrisas hay personas emocionalmente agotadas que no siempre saben cómo decirlo.
Vivimos en una época donde descansar genera culpa, donde sentir demasiado incomoda y donde muchas personas han aprendido a sobrevivir emocionalmente sin detenerse a preguntarse cómo están realmente.
Entonces seguimos y seguimos, aunque el cuerpo esté cansado; seguimos, aunque la mente no pare; seguimos, aunque emocionalmente sintamos que ya no podemos más. Y eso tiene consecuencias, porque el agotamiento emocional no siempre llega llorando: a veces llega en forma de irritabilidad, de ansiedad, de insomnio, de desconexión o de una sensación constante de no disfrutar nada completamente.
Hay personas que ya no recuerdan lo que es sentirse tranquilas y, quizás, una de las frases más preocupantes que escuchamos hoy es esta: “Así toca”, como si vivir cansados emocionalmente fuera normal, como si sostenerlo todo sin pausa fuera fortaleza, como si quebrarse fuera un fracaso.
Pero no, no es normal vivir permanentemente agotados por dentro. La mente también se sobrecarga, el cuerpo también se cansa de resistir y las emociones que no atendemos terminan saliendo de alguna manera. A veces lo hacen en forma de ansiedad, a veces de tristeza, a veces de rabia acumulada y otras veces, simplemente, como una profunda sensación de vacío.
Hay personas que no están viviendo: están sobreviviendo emocionalmente, cumpliendo, respondiendo y existiendo, pero desconectadas de sí mismas. Y quizás por eso cada vez cuesta más disfrutar de las cosas simples, porque cuando el sistema nervioso vive en tensión constante, incluso descansar se vuelve difícil.
La salud mental no siempre se rompe de golpe; muchas veces se desgasta lentamente: en el exceso de preocupaciones, en el silencio emocional, en la presión constante, en sentir que nunca es suficiente. Y aunque el cansancio emocional se ha vuelto común, eso no significa que sea sano.
Necesitamos volver a hablarnos con más honestidad, preguntarnos cómo estamos de verdad, dejar de romantizar la hiperproductividad y la fortaleza permanente, porque nadie puede sostenerse indefinidamente ignorando lo que siente.
Descansar también es salud mental, pedir ayuda también es fortaleza y reconocer que estamos agotados emocionalmente no nos hace débiles: nos hace humanos.
Tal vez no podamos cambiar todo lo que ocurre afuera, pero sí podemos empezar a cuidar lo que ocurre dentro de nosotros.
Porque vivir no debería sentirse como cargar el mundo todos los días y porque acostumbrarnos al cansancio emocional también puede ser una forma silenciosa de perdernos.
Por: Daniela Rivera Orcasita
