En la actualidad, el principal peligro que enfrentan las democracias modernas es la polarización. Esta suele surgir como consecuencia del ascenso de líderes populistas y demagógicos, quienes se caracterizan, a su vez, por ser transgresores de las normas. Estos líderes se distinguen por el uso abusivo de sus prerrogativas constitucionales para invadir e imponer sus decisiones sobre otras autoridades y la sociedad civil (especialmente en los medios de comunicación y el sector empresarial). Sin embargo, en este escenario, la reacción de los políticos de la oposición es crucial, así como es fundamental la naturaleza, funciones y misión de las instituciones jurídicas.
La mejor constitución puede fallar si no existen mecanismos de protección que funcionen para preservar la democracia y la decencia. Las democracias pueden morir como resultado de un golpe de Estado, pero también a manos de líderes electos que la subvierten mediante la instrumentalización de los medios de comunicación, el uso de una retórica que aboga por un sistema judicial más eficiente, la lucha contra la corrupción, el sistema electoral y la división dicotómica de la sociedad.
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, a lo largo de los nueve capítulos del libro Cómo mueren las democracias, anticiparon las amenazas que está enfrentando la democracia estadounidense y diagnosticaron posibles soluciones basadas en experiencias en Estados Unidos y en eventos mundiales comparativos, particularmente en América Latina. Los casos que analizaron tienen algo en común: todos los líderes políticos llegaron al poder por medios democráticos y todos terminaron destruyendo las democracias desde dentro. En casi todos los ejemplos, los líderes eran populistas y con un carisma extraordinario: Adolf Hitler, Benito Mussolini, Hugo Chávez, Getúlio Vargas, Alberto Fujimori, Recep Tayyip Erdoğan y Viktor Orbán.
Ninguna democracia está exenta del surgimiento de líderes populistas y autoritarios y de los peligros que conllevan. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt sostienen que la historia no se repite, sino que rima. Para ellos, “el retroceso democrático no comienza en las urnas; es menester analizar cuatro indicadores que desenmascaran las características del populista autoritario: rechazo (o escaso compromiso) con las reglas democráticas del juego, negación de la legitimidad de los opositores políticos, tolerancia o fomento de la violencia, y disposición a restringir las libertades civiles de los opositores, incluidos los medios de comunicación”.
El voto popular o la reacción ciudadana contra el comportamiento autoritario no son suficientes; es necesario que la preeminencia de las instituciones jurídicas y las garantías constitucionales se mantengan imperturbables e inquebrantables, para asegurar la democracia una vez que un autoritario llega al poder. Incluso las constituciones bien diseñadas pueden fallar. La Constitución de Weimar fue elaborada por algunos de los juristas más brillantes del país. Su arraigado y respetado Rechtsstaat (Estado de derecho) era considerado por muchos como suficiente para prevenir los abusos del gobierno. Sin embargo, tanto la Constitución como el Rechtsstaat se disolvieron rápidamente ante el ascenso de Adolf Hitler al poder en 1933.
La polarización y el populismo han encontrado un terreno fértil para consolidarse como estrategias dominantes de las campañas políticas de Colombia, sobre todo en contextos de exacerbación que exponen la dicotomía ideológica.
De ahí que la historia patria obligue a revisar con lupa institucional los momentos de profunda fractura, como el trágico episodio del Toma del Palacio de Justicia en 1985, para recordar que la defensa de la institucionalidad jamás puede desbordarse por fuera de los límites de la misma ley.
Tenemos justificación para invocar la frase del coronel Alfonso Plazas Vega en 1985: “Salvando la democracia, maestro”.
Por: Luis Diaz / @LuchoDiaz12
