COLUMNA

Entre el rencor y la dignidad: una decisión colectiva

Entre el odio y el afecto, las sociedades deciden no solo su presente político, sino también la herencia moral que dejarán al futuro

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Desde la aparición de la vida visible sobre la tierra, asomó el bien y el mal, binomio perfecto para tomar decisiones y terminar perdiendo la libertad por el temor al error, por ello, siempre hay un camino: el del odio fácil o el del afecto valiente.

El odio y el afecto han caminado juntos a lo largo de la historia humana, como dos corrientes invisibles que moldean no solo las decisiones individuales, sino el destino de pueblos enteros. Hay en esta dualidad una nostalgia inevitable: la memoria de lo que fuimos cuando elegimos el afecto, y la cicatriz de lo que perdimos cuando nos dejamos arrastrar por el odio. Este parangón no es únicamente una reflexión emocional, sino una lección política y social que la humanidad parece condenada a reaprender.

En el ámbito político, el odio ha sido muchas veces el atajo más fácil. Ha servido para encender discursos, levantar fronteras y justificar exclusiones. En nombre del miedo, se han construido relatos donde el otro se convierte en amenaza. Y, sin embargo, cada vez que la historia ha tomado ese camino, ha dejado tras de sí un rastro de fracturas difíciles de sanar. Basta recordar las advertencias de Friedrich Nietzsche sobre el resentimiento como una emoción que no solo corroe al individuo, sino que contamina el tejido colectivo.

El afecto, en cambio, ha sido más silencioso, menos estridente, pero profundamente transformador. No aparece en los titulares de noticias con la misma fuerza que el conflicto, pero es el que sostiene las reconstrucciones, los acuerdos y los perdones. La vida en comunidad no puede sostenerse sin esa inclinación hacia el bien del otro que hoy llamaríamos afecto. Allí donde el odio levanta cortinas, el afecto tiende pasadizos.

Socialmente, esta tensión se vive en lo cotidiano. El odio se expresa en miradas que juzgan, en palabras que hieren, en silencios que excluyen. El afecto, por el contrario, requiere tiempo: se cultiva en la escucha, en la paciencia, en la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Aquí emergen dos virtudes que parecen sencillas, pero son profundamente revolucionarias: empatía y asertividad. La primera nos permite recordar que todos cargamos historias invisibles; la segunda, que es posible disentir sin destruir.

En esta confrontación, los valores humanos se alinean como si fueran testigos de un juicio silencioso: respeto frente al desprecio, solidaridad frente al egoísmo, justicia frente a la venganza, tolerancia frente a la intolerancia y compasión frente a la crueldad.

Cada generación decide, consciente o no, a cuál de estos principios dará mayor peso. Y en esa elección se juega algo más que el presente: se define la herencia moral que se deja al futuro.

Hay en todo esto un tono ejemplarizante que no puede ignorarse. La historia no solo narra lo que ocurrió; también advierte. Solo el afecto puede expulsar al odio de una sociedad herida. El afecto no se trata de una emoción blanda, sino de una decisión firme de no perpetuar el ciclo de daño.

En términos de destino, el odio encierra a las sociedades en olas de conflicto, donde cada agravio exige otro, y la memoria se convierte en campo de batalla. El afecto, en cambio, abre la posibilidad de reconciliación. No borra el pasado, pero lo resignifica. Permite que el dolor no sea el punto final, sino el punto de partida para algo distinto.

Quizá lo más nostálgico es que la humanidad ya ha conocido épocas donde el afecto prevaleció, aunque fueran breves, aunque no fueran perfectas, en las que la cooperación venció al miedo, y la dignidad al desprecio.

En conclusión, la confrontación entre odio y afecto no admite neutralidad. Uno destruye lentamente lo que el otro intenta construir con paciencia. Si hay una lección que se repite, casi como un eco a través del tiempo, es que el afecto —sostenido por la empatía y expresado con asertividad— no solo es deseable, sino necesario. No garantiza la ausencia de conflicto, pero sí la posibilidad de que la humanidad no pierda su rostro.

Hoy, en la lucha de Colombia por el poder, yo escogería el camino del afecto, de la sensibilidad social, lo asertivo y la lucha por el bien, tomando como escenario no solo el corazón del hombre, sino su conciencia, su inteligencia emocional y sus principios éticos y morales, alejados totalmente del odio y los resentimientos sociales, de cuyos ojos brillantes resalta la desesperación convertida en maldad y desprecio por la sociedad vigente.

En esta contienda política que se avecina —siguiendo los pasos de la comunidad sintiente—, votaría y he de votar por quienes reúnan estas condiciones afectivas, denominadores absolutos del progreso social; por ahora, entre ellos, considero a figuras como Abelardo De la Espriella.

Por: Fausto Cotes N.

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