COLUMNA

Si hay polillas… ¡debes actuar!

Una reflexión sobre cómo las dificultades revelan nuestra verdadera esencia, permitiéndonos enfrentar miedos, fortalecer el carácter y desprendernos de aquello que afecta nuestra paz interior.

canal de WhatsApp

¿Cómo tratamos a aquellos que no nos agradan? ¿Cómo actuamos en medio de una crisis? ¿Cómo respondemos ante una ofensa o traición? ¿Qué hacemos después de un mal día? Responder estas preguntas, permiten conocernos y ver realmente de qué estamos hechos, si somos pura rabia y enojo, si estamos llenos de miedo y ansiedad, o si logramos controlarnos, gracias a la calma y la reflexión.

Existen personas que después de atravesar una gran dificultad, primero toman decisiones llenos de ira, licor o temor, para luego reflexionar, sobre la dificultad que atravesaron y las consecuencias de cómo la afrontaron. Si queremos conocer a una persona, la adversidad es el mejor terreno, ya que en medio de ella, lo escondido sale, lo inconsciente aflora y todo lo dormido despierta.

En ocasiones nos sorprende, cómo una persona de la noche a la mañana sufre un infarto, una depresión o se vuelve agresiva, y la respuesta está, en los cambios que da la vida; quien no se prepara para el cambio, se está preparando para fracasar. Todos somos buenos capitanes en un mar calmado, pero en medio de la tormenta y la noche oscura, con tiburones al acecho, es que se conoce quién tiene el verdadero control del barco.

Cuando un problema se presenta, logramos ver con claridad quiénes se interesan, quién colabora, quién aporta y quién huye. En medio de las dificultades podemos conocer a los demás a través de sus palabras, transmitiendo paz y confianza, o temor e incertidumbre. Durante una adversidad, tenemos la oportunidad de afrontar miedos, de reconocer nuestras fortalezas y poner orden en todo el caos que se está presentando.

Todo problema tiene una raíz, y el problema llega para que logremos verla con claridad y la saquemos por completo de nuestras vidas. La mayoría de las veces, dicha raíz se encuentra en nuestro interior, en un miedo que aceptó la oferta de un amigo, pero no la rechazó porque todo el mundo asintió sobre el tema; el problema no es el amigo, el problema es no confiar en nosotros mismos y actuar con base en el comportamiento de los demás.

El problema es creer que estamos para agradar a todos, pero cuando los conflictos llegan y todos se van, enfrentamos el verdadero monstruo que inició todo, ese que está en nuestro interior llenándonos de dudas a la hora de actuar. Cuando la guerra termina, disfrutamos el gozo de los tesoros que hemos logrado descubrir en nuestro interior, como lo son la confianza, la certeza y la autenticidad. Por lo general, los problemas acechan por fijarnos mucho en todo lo que nos rodea, y llegan para invitarnos a ver en nuestro interior.

Lo primero que debes evitar cuando un problema se presenta, es la culpa; culpar a otros o a uno mismo, es instaurar un muro entre el problema y la claridad, ya que nos aleja del entendimiento y coloca escudos que impiden ver la verdad. Un problema no es un enemigo, es un campo de entrenamiento que nos invita a fortalecer nuestro carácter para despojarnos de aquello que no nos puede acompañar más, y no estoy hablando de personas, me refiero a las polillas que habitan en nuestra alma y atraen lo que en nuestra vida no debe estar. Cuando las polillas se van, todo queda en su lugar, personas, situaciones y cosas, que se marchan cuando ya todo en calma está.

Por: María Angélica Vega Aroca / Psicóloga

TE PUEDE INTERESAR