COLUMNA

Reconocimiento a ocho gurús de la educación

En una emotiva ceremonia, la Academia de Historia del Valle de Upar exaltó en vida a ocho educadores cesarenses, destacando su invaluable aporte a la formación académica, la literatura y el desarrollo cultural de la región

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No es común distinguir la labor de ocho educadores del Cesar, reconocimiento hecho en vida a Jaime Antonio Gómez Bolívar, Efraín Armenta López, Berenice Flórez, Pedro Daza, Lily Vargas de Mendoza, Joaquín Palencia, Libardo Ospino Paternina y Ruth Ariza de Ramírez.

Leovedis Martínez Durán, presidente de la Academia de Historia del Valle de Upar, en la que funge como secretario general, Álvaro Castro Castro, marcó la diferencia en su condición de oferente de una ceremonia que destaca la misión de enseñar y formar generaciones para un mundo mejor.

Sin temor al síndrome de Procusto —miedo a que te hagan sombra—, Leovedis se la jugó por la academia en un mundo clasista conducido por la mentalidad del dinero, donde no es frecuente reconocer al docente, más de las veces estigmatizado, pero siempre impartiendo educación para que se desarrollen los pueblos sin mezquindad política.

Ante estos ocho letrados tendría que rectificar Iván Gallo cuando descarga en los profesores la responsabilidad de ser pésimos lectores. “Un examen sobre el Quijote debe ser la prueba máxima y el aval para ser educador“, remarca el renombrado columnista con figuraciones en Los ensayos Frankenstein y la película La justa medida, verbigracia de publicaciones para El Tiempo, El Espectador, Arcadia y Kinetoscopio.

Tito Hernández Caamaño, jubilado en la academia, escritor y jurista en ejercicio, discrepa del autor en Las2orillas y se retrotrae a Zipaquirá, un pequeño pueblo en el central departamento de Cundinamarca y el lugar donde el nobel Gabriel García Márquez se empezó a apasionar con la literatura y escritura en prosa, bajo la guía de su profesor de español don Carlos Julio Calderón Hermida, entre 1943 y 1946.

Plausible la fecunda labor de Calderón Hermida y otros gurús de la gramática en la enseñanza, formación e instrucción de la lengua española, por lo que configura un error de gigantes proporciones generalizar la mediocridad en el universo literario. “Es cuestión de hábito, habilidades y destreza, unos se apasionan por la lectura, no pocos por la música, el arte, el cine, la pintura, la política, la ciencia u otras disciplinas“, apunta Hernández. Para Aristóteles el hábito es la excelencia, porque somos lo que hacemos repetidamente.

Igual se contrapone a que sean las costumbres del siglo XVI lo más relevante de El Quijote, catalogada la mejor novela en cualquier idioma, y a renglón seguido subraya la constancia, determinación y pasión de un texto cuyo contenido desnuda la injusticia social y el desborde de poder de la época, y monda en lo superfluo.

Jaime Antonio Gómez Bolívar, pedagogo lingüístico gramatical, autor de la obra ‘Desglose de las seis ramas de la gramática castellana’, donde resume a manera de colofón que “los latinoamericanos nacemos hablando el español pero no lo conocemos“, se alza con denuedo para hacer reflexionar a Gallo y sentar cátedra sobre el Quijote, y comienza por elucubrar que es un mal enfoque tomar como referente la obra magna del Siglo de Oro español, que le dio auge a la lengua castellana, hoy lengua española.

En la cimera obra best seller literaria se plasma un contraste entre lo abstracto, que es la inteligencia que personifica Miguel de Cervantes Saavedra en Don Quijote, y lo físico, que simboliza en el escudero Sancho Panza, bufón de las oligarquías de antaño, subraya Gómez Bolívar.

Es un honor para los exaltados recibir un reconocimiento de la Academia del Valle de Upar, por lo que representa: institución guiada por Leovedis Martínez Durán, con 30 años al servicio de la rama judicial, 10 como juez de la República y 20 como magistrado del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Valledupar; trayectoria que se robustece con 15 años al frente de la Notaría Segunda de Bogotá, cargo al que accedió por concurso de méritos, hasta jubilarse, figuración que también le hace gala a la literatura como arte de la palabra, consignada en varios libros de su autoría.

Por: Miguel Aroca Yepes

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