COLUMNA

Sin disfraces ideológicos

Una reflexión sobre cómo el verdadero problema del país no radica en las ideologías políticas, sino en la falta de ética, integridad y responsabilidad social en el ejercicio del poder y en la cultura ciudadana.

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Nos gusta discutir si el país es de izquierda o de derecha, como si esas etiquetas explicaran por sí solas nuestra realidad. Pero cuando uno baja del discurso a la vida cotidiana, descubre que el problema no es ideológico sino ético. Aquí no abundan las izquierdas ni las derechas puras; abundan, más bien, los oportunistas. Hay bandidos que se autoproclaman de izquierda, bandidos que juran ser de derecha y otros que, con igual destreza, se acomodan en ambos extremos según convenga.

También hay trabajadores honestos, personas que madrugan sin estridencias a construir empresa, empleo y futuro. Y hay flojos que, sin distinguir color político, aprendieron a vivir del Estado como si fuera una herencia privada. El drama no es la corriente doctrinal, sino la cultura del atajo. El problema no es la ideología, sino la ausencia de carácter.

Se ha instalado la peligrosa idea de que la política es un botín. Algunos han hecho carrera promoviendo la dependencia antes que la autonomía, estimulando la indignación antes que la responsabilidad. Utilizan la política social como bandera, pero la convierten en herramienta de control. Predican justicia mientras consolidan clientelas. Se presentan como redentores del pueblo, pero necesitan que ese mismo pueblo permanezca empobrecido para justificar su liderazgo.

Un ciudadano libre piensa, cuestiona y produce; un ciudadano sometido pide permiso. Por eso la pobreza no siempre es solo una consecuencia del abandono, sino, en ciertos casos, una estrategia de dominación. Cuando el bienestar depende de la dádiva y no del esfuerzo, la dignidad se erosiona. Y un pueblo que pierde la dignidad empieza a normalizar la mediocridad.

Mientras tanto, quienes generan prosperidad —empresarios responsables, emprendedores, trabajadores disciplinados, innovadores silenciosos— cargan con el peso de un discurso que los presenta como sospechosos por el simple hecho de producir. Sin embargo, son ellos quienes sostienen la economía real, quienes pagan impuestos, quienes crean empleo y quienes, con errores y aciertos, mantienen en movimiento la rueda de la vida productiva.

No se trata de negar la desigualdad ni de ignorar las deudas sociales históricas. El país arrastra fracturas profundas desde hace décadas, visibles en cada región, desde el Caribe hasta el altiplano. Pero el remedio no puede ser la demolición de todo lo que funciona ni la exaltación de una lucha permanente entre bandos imaginarios. La historia demuestra que los extremos suelen parecerse más entre sí de lo que admiten: ambos concentran poder, ambos desconfían de la libertad individual y ambos justifican excesos en nombre de una causa superior.

El debate público se ha degradado hasta convertir cualquier crítica en traición y cualquier discrepancia en enemistad. Así, se pierde de vista lo esencial: la construcción de instituciones sólidas, la defensa del mérito, el respeto por la ley y la promoción de oportunidades reales. Sin reglas claras y sin ética compartida, ningún modelo —ni de izquierda ni de derecha— puede prosperar.

Quizá el verdadero dilema no sea ideológico sino moral. No es cuestión de ubicarse en un espectro político, sino de decidir qué clase de sociedad queremos ser. Una donde el poder sea servicio y no negocio. Una donde la política no premie la astucia para capturar rentas, sino la capacidad de generar bienestar sostenible.

Al final, cada generación enfrenta la misma encrucijada: resignarse a repetir el ciclo de indignación y frustración, o asumir la responsabilidad de transformar la cultura pública. No habrá salvadores providenciales ni explosiones redentoras. Habrá, en cambio, ciudadanos que entiendan que la libertad exige esfuerzo, exige responsabilidad, exige responder por nuestras decisiones, y que la dignidad no se delega.

El país no necesita más etiquetas. Necesita más integridad. Necesita sentido común y, sobre todo, respeto por la sociedad circundante. No necesita partidos políticos; necesita ideologías políticas que prediquen y practiquen el bienestar social como conducta universal.

Vale la pena recordar que los problemas de la humanidad no dependen de ideología alguna. Son efectos de la incomprensión social producto de la angustia, la ansiedad, las emociones negativas mal manejadas y algunas positivas desviadas de la virtud.

Por: Fausto Cotes N.

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