Dicen que el cristianismo es la herencia que Roma le dejó al mundo; esta afirmación tiene suficientes argumentos históricos, fue el emperador Constantino quien dio los primeros pasos en ese sentido, pese a haber sido uno de los hipotéticos perseguidores de los palestinos que multiplicaban las ideas acerca de un Cristo Dios para borrar las imágenes de un Jesús revolucionario, el hombre que hizo de las cenas un hecho familiar. Jesús partió en dos los contenidos bíblicos, antes de él y después de él. El Antiguo Testamento (AT) nos ofrecía un dios guerrero y parcializado, y el Nuevo Testamento (NT), uno de amor y justicia social.
A Roma no le interesaba la religión que tuvieran sus conquistados, de hecho, adoptó costumbres y dioses de otros lugares en un sincretismo ilímite. De Egipto trajeron a Isis, analogándola con la Virgen María; de Anatolia a Cibeles, de Grecia a Dionisio; Vulcano en Roma era el Hefesto de Grecia; Esculapio fue en Roma lo que Hipócrates en Grecia; igual, incorporaron a Apolo y a Hércules; ese no era su problema; la muerte de Jesús en la cruz fue como la de Horus en Egipto. Tom Harpur, en su libro “El Cristo Pagano” dice que no hay nada en el cristianismo que no haya sido extraído del Libro de los Muertos del antiguo Egipto.
El hinduismo y el zoroastrismo están presentes en muchos ritos y creencias del cristianismo; del segundo tomaron la angelología y el concepto de vida eterna. Las similitudes del cristianismo con los hechos y prácticas de religiones más antiguas son patéticas. Mitra, dios persa, quien vivió 4.000 años antes de Cristo, tuvo 12 apóstoles y también resucitó al tercer día; el nacimiento de Krishna fue anunciado por una estrella en el oriente y en sus actividades curó leprosos y ciegos, también resucitó a los muertos. Murió a los 30 años. Atis hizo algo parecido y resucitó al tercer día; su fiesta se celebraba en Roma del 15 al 27 de marzo, en el equinoccio de primavera. Lo de las procesiones era un acto romano. ¿Será esta, la Semana Santa?
Buda, quien predicaba la penitencia, enseñó en el templo desde los 12 años, fue bautizado con agua bendita e hizo milagros; al morir ascendió corporalmente al Nirvana. La Trinidad fue tomada del hinduismo y del budismo; la eucaristía se practicó muchos años antes de Cristo, donde Ceres era el pan y Baco el vino. Todos estos personajes subían a la montaña a predicar. Pero, ¿será cierto que los seguidores de Jesús fueron perseguidos en Roma por defender los principios que este les dejó? No lo creo, Jesús predicaba el amor y la justicia, no la independencia de Palestina del yugo romano. En las escenas de terror que conocemos del circo romano, nunca vimos palestinos luchando contra leones y contra ellos mismos. Tampoco el NT lo dice.
Muchas tendencias filosóficas y religiosas tratan de normalizar el sufrimiento como parte de la vida. En Semana Santa nos las recuerdan y estimulan; las promesas temerarias, los azotes flagelantes que se ven en algunas regiones, así lo indican; pero el sufrimiento no debería existir. El miedo también es un factor de sufrimiento.
Los hechos que sustentan esta semana de pasión no corresponden a una realidad histórica; el único texto que habla de la crucifixión de Cristo es la Biblia y esta solo se escribió en el siglo IV de esta era (Concilios de Nicea, Hipona y Cartago). Ninguno de los reporteros de la época lo relatan, ni siquiera Flavio Josefo, paisano y contemporáneo con Jesús. En su obra conocida como “Antigüedades judías”, de veinte tomos, Josefo le dedica tres a Herodes, pero ningún verso a Jesús; es como referirse al descubrimiento de América sin mencionar a Colón. Sería muy importante que esta semana la dedicáramos con alegría a la reflexión profunda sobre todos los problemas que aquejan al país y su futuro. Necesitamos formar un hombre nuevo.
Por: Luis Napoleón de Armas P.
