COLUMNA

Progreso sin progresismo

lfonso Cabanzo sostiene que el verdadero progresismo no se limita al acceso al consumo o a la tecnología, sino a garantizar igualdad real de oportunidades, educación de calidad y movilidad social en una de las sociedades más desiguales de América Latina.

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En su más reciente columna, Progresismo sin progreso, Moisés Wasserman acusa a ciertos progresistas de negar el avance que ha habido en la sociedad colombiana desde la Colonia. Para mostrarlo menciona el surgimiento y fortalecimiento de una clase media, el aumento de la cobertura en salud y educación, y la extendida conectividad tecnológica en todo el territorio nacional. Así pues, sostiene, hay una contradicción entre defender este ideario político con tales afirmaciones y las condiciones materiales de la sociedad colombiana actual.

El problema es que, salvo algunos influenciadores en redes que bien podrían defender la izquierda tanto como el terraplanismo o la ultraderecha, dudo mucho que alguien sostenga lo que Wasserman ataca. Más bien lo que se afirma es que a pesar del acceso a la tecnología que ha habido en este país, la mejora en las condiciones socioeconómicas ha sido lenta y profundamente desigual. Pongámoslo en estos términos: tanto en educación, como en salud y en lo que llama moral, la brecha entre la Colombia y la Inglaterra del siglo XIX es tan grande como la que hay entre la Colombia y la Inglaterra actuales. En el siglo XIX, dice Wasserman, el analfabetismo estaba cercano al 75 % pero hoy es menos del 5 %. Sin embargo, de acuerdo con la OCDE, actualmente en Colombia solo la mitad de los estudiantes alcanzan las competencias mínimas en lenguaje, matemáticas y ciencias. Es decir, uno de cada dos jóvenes que va al colegio no comprende lo que lee, no sabe sumar y no sabe investigar. Incluso la proporción de niños de diez años que tras la pandemia era incapaz de decodificar textos sencillos era dos de cada tres, y no creo que haya mejorado mucho en tres años.

Es decir, a pesar de que hoy tenemos acceso a autos de gama baja y a un sistema de salud, el acceso a buena educación es tan precario que no tenemos ingenieros que diseñen y construyan estos autos —ni celulares, ni computadores, ni menos equipo de medicina nuclear— y a pesar de la amplia cobertura en salud, la atención rápida está en manos de operadores privados que cobran cuotas adicionales; los demás recurrimos a tutelas para mover un plan obligatorio de salud lento y mortal. Sobre el progreso moral, bueno, la discriminación sigue siendo implacable, y a pesar de que por primera vez en 200 años tenemos una mujer negra y exempleada del servicio como vicepresidenta, lo cierto es que muchas personas pertenecientes a estas minorías tardarán once generaciones en lograr salir de la pobreza, especialmente si no se dedican a la política, sino a trabajar y a estudiar.

El progresista, enfrentado al reaccionario tal y como lo define Marx en su manifiesto, es quien busca el progreso de la historia como él la entendía: el acceso de las clases obreras al poder económico y político, y eso no depende de que las personas que están en la base de la cadena alimenticia puedan acceder a algunos espejos que los entretengan. Con este razonamiento Wasserman se alegrará de que los jóvenes en los municipios pobres no tengan mayores aspiraciones porque el sistema de educación precario que tenemos hoy en día no les aporte más capital simbólico que el proporcionado por sus familias durante once generaciones de pobreza, pero puedan acceder a motos y teléfonos sin llegar nunca a salir de su municipio y menos sin que puedan entrar a una universidad.

El progresismo no es, pues, poder consumir, sino poder elegir libremente el futuro que se me dé la gana sin limitaciones económicas, de género y cultura. Y en eso Colombia, el país más desigual de Latinoamérica, ha avanzado más bien poco y ha empezado hace apenas tres décadas, desde la progresista Constitución de 1991.

Por: Alfonso Cabanzo – alcabanzo@gmail.com

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