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El espectáculo de la firmeza

Las sociedades suelen enamorarse de las formas porque las formas son visibles. Pero cuando no están sostenidas por un fondo real, dejan de ser expresión y se convierten en manipulación.

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Las sociedades suelen enamorarse de las formas porque las formas son visibles. Un gesto, un símbolo, un amuleto, una puesta en escena: todo eso produce una impresión inmediata. Y las impresiones, en tiempos de ansiedad, suelen confundirse con profundidad. Pero las formas, cuando no están sostenidas por un fondo real, dejan de ser expresión y se convierten en manipulación.

Hay hombres que entienden esto perfectamente. Saben que gran parte del electorado ya no escucha ideas ni examina trayectorias: consume símbolos. Por eso aparecen cubiertos de objetos que pretenden transmitir fuerza, tradición, espiritualidad, autoridad o pertenencia. No porque los comprendan realmente, sino porque saben que funcionan como herramientas psicológicas. Como haría cualquier manipulador: utilizar aquello que genera identificación emocional para producir obediencia simbólica.

Y entonces empiezan los discursos “firmes”, las consignas patrióticas repetidas casi como fórmulas comerciales, los gestos exageradamente calculados para parecer cercanos al pueblo, fuertes ante el miedo o guardianes de la nación. Pero el patriotismo auténtico no necesita teatralidad. La firmeza verdadera tampoco necesita escenificarse permanentemente. Cuando alguien insiste demasiado en parecer fuerte, normalmente es porque necesita compensar algo que no logra transmitir con su pensamiento, su trayectoria o su carácter.

Pero ningún amuleto —aunque sean varios— reemplaza el carácter. Ningún símbolo sustituye la inteligencia. Ninguna escenografía crea liderazgo.

El problema de nuestra época es que muchos confunden teatralidad con liderazgo. Creen que el poder consiste en parecer fuerte, no en serlo. Y entonces la política se convierte en una especie de espectáculo permanente, donde importa más la fotografía que la sustancia, más el impacto que la reflexión, más la estética que la capacidad real de conducir una nación.

Por eso algunos candidatos necesitan hacer shows constantemente. Como diría Alfonso X el Sabio: “Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen”. El liderazgo auténtico, en cambio, rara vez necesita exagerarse. Tiene serenidad, tiene obra, tiene ideas, tiene una coherencia que habla por sí sola. El falso liderazgo, al no poseer un suelo intelectual, moral o humano que lo sostenga, debe recurrir inevitablemente a la actuación.

Y allí aparece otro síntoma: el dinero. Cuando faltan ideas, sobra mercadeo. Cuando falta calidad, aparece la propaganda desbordada. Entre menos capacidad existe para construir legitimidad a través del pensamiento, la experiencia o la virtud, mayor es la dependencia de campañas costosas, estrategias emocionales y maquinaria publicitaria. Porque el dinero puede comprar visibilidad, pero no profundidad. Puede fabricar una imagen, pero no una conciencia colectiva duradera.

La historia demuestra que las sociedades que terminan eligiendo líderes vacíos suelen hacerlo seducidas precisamente por las formas. Por el personaje. Por la ilusión de fuerza. Por la escenificación de una grandeza que en realidad no existe. Y cuando finalmente descubren que detrás del espectáculo no había estructura, ya es demasiado tarde: el teatro se convierte en gobierno.

Tal vez por eso hoy, más que nunca, necesitamos ciudadanos menos fascinados por el espectáculo y más comprometidos con la reflexión. Un país no debería elegir a quien mejor actúa, sino a quien mejor comprende la complejidad de gobernar. La responsabilidad democrática exige mirar más allá de las consignas, de los símbolos y de las emociones instantáneas; exige examinar la coherencia de un candidato, la solidez de sus ideas, la profundidad de sus propuestas y la manera en que ha construido su vida pública.

Por: Javier Salina García

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