COLUMNA

Hago preguntas y la vida me responde

La vida responde lentamente a nuestras preguntas más profundas, mientras el tiempo y la experiencia nos transforman en seres nuevos que aprenden a descubrir su verdadero propósito.

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Hace algún tiempo leí un libro titulado Los pájaros nunca miran atrás mientras vuelan, La libertad que proviene del desapego, de uno de los más populares poetas coreanos del sur, Shiva Ryu, cuya obra habla de la sencillez de lo cotidiano y de las preguntas existenciales que todos nos hemos hecho alguna vez.

Las historias de este libro, mis queridos lectores, contiene las respuestas que el autor recibió a sus preguntas y que nos detalla en él con una maravillosa carga llenas de profundidad y verdadera belleza y, de alguna manera, al leerlas, uno siente como si conversara con el autor sobre la vida. Y es que todos desde niños nos hemos hechos miles de preguntas, interrogándonos sobre la verdad y la iluminación, sobre la felicidad y el sentido de la vida y también, lo cuál considero lo principal, sobre quiénes somos.

Hoy sabemos, estando de acuerdo con dicho autor, que la vida nos va dando las respuestas poco a poco, a cuentagotas, precisamente con el fin de protegernos a medida que avanzamos en ella. La experiencia que ésta nos da es en gran parte la que se encarga de susurrarnos al oído las respuestas a las preguntas que hicimos algún día, procurando con ellas apreciarlas como el conocimiento más valioso a medida que crecemos y maduramos. Creemos que hacemos un viaje cuando, en realidad, es el viaje el que nos “hace” a nosotros, el que nos da forma, tal como lo dice el autor del libro aludido.

También comparto cuando dice que no hay ningún poeta que sea igual a los demás ni ningún escritor que pueda sustituir a otro. Ningún poema nuevo ha existido nunca antes, ningún libro nuevo estaba ahí en el pasado. No importa que redactemos los textos o que nos limitemos a leerlos: vivir significa escribir nuestra propia historia. Y no se trata de cumplir las expectativas o los proyectos de los demás, sino de encontrar nuestras propias respuestas. Gran verdad la que dice.

Hay una profunda y maravillosa pregunta que carcome mi curiosidad, la cual extiendo a ustedes, mis queridos lectores, con el ánimo de realizar un simple ejercicio y pretender darle respuesta a la misma. La pregunta es la siguiente: ¿Puedo seguir hablándole a mi vida aun cuando ella me ignora? O será mejor la pregunta ¿No será que yo ignoro a la vida?

Nacemos con un propósito, el que vamos descubriendo día a día, a medida que transcurre nuestra vida, pero a veces nos olvidamos de él y empezamos a ajustarnos y a querer ser y creernos lo que los demás piensan de nosotros o comenzamos a mirarnos como los demás nos miran. Y es quizás en ese momento, que nos negamos la posibilidad de vivir nuestra propia vida. No podemos desconocer que somos figuras moldeadas ceñidas a una sola pieza, sino una síntesis de innumerables formas que van cambiando constantemente y no podemos olvidar por eso que a medida que avanzamos en la vida vamos transformándonos, creciendo espiritualmente, y es así como debemos cada día que pasa vernos, nuevos, transformados. Por ello, Nietzche nos dice: “Se nos confunde […] porque crecemos, cambiamos sin cesar, desprendemos costras antiguas y aun mudamos la piel en cada primavera, nos volvemos cada vez más jóvenes, más futuros, más elevados y más fuertes”.

Somos, mis queridos lectores, como árboles de los que, en un proceso de crecimiento constante, nacen continuamente nuevas ramas. Siempre tenemos la posibilidad y oportunidad de cambiar y mudar de piel cada día como si fuéramos una detestada serpiente, pero que al final se hace necesario para poder sobrevivir en la vida que avanza sin darnos muchas veces alguna tregua. Todos o quizás muchos conocen nuestros nombres, pero no nuestra historia; han oído

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