Una vez, a la Clínica Valledupar llegaron tres hombres, que se presentaron como miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), exigiendo una suma considerable de dinero en un plazo perentorio. Y si no se pagaba la ‘vacuna’ en el tiempo emplazado, sus socios tendrían que atenerse a las consecuencias.
La verdad es que tal amenaza me asustó hondamente, porque si el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que era considerado un grupo guerrillero menos fuerte, tenía a la sociedad Clínica Valledupar Ltda. al borde del descalabro, las pretensiones de las FARC serían el acabose de la clínica. En ese momento yo era el presidente de su junta directiva. Y propuse realizar una asamblea extraordinaria para analizar y definir qué hacer ante este nuevo escollo, hipotéticamente más fatídico.
Días después de la pavorosa advertencia de los presuntos militantes de las FARC, a mi consultorio llegó el ilustre abogado Juvenal Ovidio Palmera Baquero. Él ya sufría una grave enfermedad irreversible y, a veces, acudía a mi consultorio, más que todo, creo yo, para hablar conmigo, en cuyas conversaciones enaltecía a mi padre y a mi madre, quienes fueron sus amigos.
