En la universidad hemos confundido, por años, leer con cumplir. Leemos para el parcial, para la exposición, para la nota. Y al hacerlo, hemos reducido la lectura a una transacción.
Pero leer, en su sentido más alto, no es cumplir. Es construir. No es una tarea, es un propósito. Leer no es un acto decorativo. Es un acto de supervivencia académica.
En una época que nos vendió la prisa como sinónimo de progreso y que mide el éxito en productividad, abrir un libro es un gesto contracultural. Es decirle al ruido que hay un silencio más digno: el de una página que nos obliga a pensar por nosotros mismos.





