Hay momentos en la vida de los pueblos en los que las palabras adquieren un peso mayor que el habitual. No porque cambien el curso de la historia, sino porque revelan la clase de sociedad que estamos construyendo.
Valledupar atraviesa, como muchos pueblos provincianos, un escenario de intenso calor político. Las diferencias entre quienes piensan distinto son naturales y, en una democracia, necesarias. Ningún pueblo puede progresar si pretende que todos sus ciudadanos tengan las mismas ideas. El problema comienza cuando la diferencia deja de expresarse mediante argumentos y se convierte en ofensa, humillación o descalificación personal, propia de la gente baja moralmente.
Por eso resulta necesario elevar una voz serena y firme ante cualquier opinión que pretenda menoscabar la dignidad de una persona por razón de sus posiciones políticas, de su apellido, de su trayectoria o de su pertenencia a una determinada familia.





