COLUMNA

Pérdida de empleo, dignidades y conciencia

¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para seguir siendo quiénes somos? Considero que, a la fecha, es una de las preguntas más difíciles de responder en el trasegar de la vida cotidiana, especialmente desde la posición, el privilegio o la zona de confort en la que nos encontremos. Nadie conoce el verdadero valor de una convicción […]

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¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para seguir siendo quiénes somos? Considero que, a la fecha, es una de las preguntas más difíciles de responder en el trasegar de la vida cotidiana, especialmente desde la posición, el privilegio o la zona de confort en la que nos encontremos. Nadie conoce el verdadero valor de una convicción mientras no le cueste nada. La opinión vive en el terreno del confort, donde expresarla o mantenerla no genera fricción; la convicción, en cambio, exige un compromiso real que solo se pone a prueba cuando hay algo en juego: la reputación, la estabilidad, la comodidad o el propio bienestar.

Sin eufemismos, la dignidad siempre ha tenido un precio. Lo tuvo para los filósofos; lo tuvo para quienes enfrentaron a los tiranos; lo tuvo para quienes prefirieron el exilio antes que la obediencia servil. También lo tiene hoy para cualquier ciudadano que decide mantener su conciencia intacta. Cambian las épocas, los escenarios y las circunstancias, pero la condición humana permanece. El poder casi siempre busca algún tipo de adhesión; la dignidad, en cambio, exige independencia. “El alma se tiñe del color de sus pensamientos”, decía Marco Aurelio. Durante mucho tiempo guardé esa frase en mi memoria sin imaginar que algún día dejaría de ser cualquier clase de reflexión para convertirse en una advertencia. También me enseñó que cada persona decide con qué colores pintar su vida. Yo elegí uno que no tiene precio: Valledupar, su gente, su historia, su identidad. Comprendí que cada concesión injustificada termina modificando el carácter. Nadie se convierte en un hombre sumiso de la noche a la mañana. Se llega allí aceptando pequeñas renuncias, justificando silencios, aprendiendo a callar cuando la conciencia exige hablar. Ese es un camino que no estoy dispuesto a recorrer. Muchos venden su honestidad a cambio de un privilegio. La mía no está en venta. No se arrodilla ante nadie; únicamente ante Dios.

Con el paso de los días, después de tanto mirar al horizonte buscando una explicación, comprendí que la pérdida del empleo, por injusta que haya sido, terminó siendo el hecho menos importante. La verdadera pregunta era otra: ¿habría aceptado conservar el cargo al precio de dejar de ser quien soy?

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