En alguna ocasión escuché o leí que la “mejor riqueza de una región es su gente”. Hoy en día a la altura del consumo vertiginoso de los dulces de la bolsa de la vida y para la gloria de mi generación su confirmación es evidente. En los años setenta los colegios emblemáticos y que tenían el ciclo de estudio de secundaria completo eran los Colegios Nacional Loperena, la Industrial como cariñosamente se le llamaba al Instituto Técnico Pedro Castro Monsalvo (los cuales mantenían una rivalidad académica, no importando su inclinación pedagógica, y hasta en lo cultural; digno de recordar el concurso de canto donde rivalizaron Diomedes Díaz Maestre y Rafael Orozco Maestre, grandes exponentes de la música vallenata), sin menoscabo de los colegios Prudencia Daza, popularmente conocido como el “femenino” en el sector oficial.
Regularmente, eran los receptores de los colegios privados donde los educandos continuaban sus estudios de bachillerato sin distinción de clases sociales, pues Valledupar para esa época todos estábamos arropados por la familiaridad, la armonía y la magia de la sana convivencia social. La temperatura ambiente usualmente era de unos 28 grados y se veían a los santandereanos y cachacos rojos como tomates. Por ello las calles de Valledupar florecían al fresco de las tres y algo más de la mañana con sus estudiantes adornando las aceras, pretiles y parques con taburetes en mano devorando cuadernos, libros, novelas para orgullo de los padres, los cuales con termos para café y sonrisas de ponqué recibían a cuanto juvenil se unía en la cruzada de las letras, pues los cortes de energía eran lo habitual, éramos presa fácil de la luz de las velas o lámparas a petróleo que con el baile de su llama, que nos hipnotizaba y caíamos en los brazos de Morfeo. Mi persona llegó del Colegio Sagrado Corazón de Jesús (cubría hasta el cuarto de bachillerato) y en el año 1975 ingresé al Coloperena. Era un anhelo cumplido. Su arquitectura colonial, sus salones repletos de historias de las cuales mi hermano mayor Hermes seguramente dejó huella y gracias a su formación académica es uno de los científicos costeños de renombre en Colombia en el aspecto agrícola.









